Lago Saimaa, el arte finlandés de estar solos
Por Alberto Barbieri — Portada
Lago Saimaa, el arte finlandés de estar solos
Paraíso natural
Entre focas esquivas, bosques comestibles y cabañas junto al agua, el gran laberinto lacustre del sureste de Finlandia revela una forma de vida marcada por la naturaleza y el silencio

El archipiélago de Puumala resume la geografía del Saimaa: una sucesión de islas, bosques y brazos de agua que se prolonga hasta el horizonte
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07/10/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Una embarcación, sostiene Arto Halttunen, debe tener nombre de mujer. Trae buena suerte. Bautizarla con nombre de hombre, en cambio, “no es una buena idea”. La suya se llama Lady of the Lake, una pequeña barca eléctrica de la que está sumamente orgulloso y con la que recorre el Saimaa en busca de una de sus habitantes más esquivas: la foca anillada. Corpulento, de rostro rojizo y aspecto de pescador, Arto es mucho más tímido hablando de sí mismo que del lago. Entonces cuesta pararlo. Lleva en la popa una bandera finlandesa que le sirve para saber de dónde viene el viento.
Mientras otras especies viven en grupos, las de aquí pasan casi toda su vida solas. “Son finlandesas”, sentencia Arto
Su relación con esta especie, exclusiva del gran sistema lacustre del sureste de Finlandia, empezó casi por casualidad. En 2008, poco después de poner en marcha su empresa de excursiones, una mujer australiana le escribió para pedirle que la llevara a buscarlas. Él apenas sabía nada de ellas, pero business is business: aceptó, encontraron tres y acabó tan entusiasmado como su clienta. Desde entonces, las focas se han convertido en una parte central de su vida y trabajo.
Los safaris pueden durar más de una hora y los animales no siempre aparecen. A finales de verano pasan casi todo el día en el agua y a menudo lo único que llega a verse es una cabeza oscura sobre la superficie. En todo el Saimaa quedan unos 530 ejemplares. Cada uno lleva en el pelaje un dibujo de anillos distinto, algo parecido a una huella dactilar, que permite identificarlos.

Arto señala rocas e islotes y muestra en una pantalla fotografías y vídeos de focas que conoce por nombre de pila. Al pasar junto a una pequeña isla donde suele descansar una de ellas, explica que hoy “no está en casa, estará nadando por aquí”. Sí pasa un águila pescadora.
Las focas anilladas del Saimaa son extraordinariamente solitarias. Mientras otras especies viven en grupos y montan bastante más ruido, las de aquí pasan casi toda su vida solas. “Son finlandesas”, sentencia Arto. Una inclinación que empieza pronto. Las crías nacen a finales del invierno en madrigueras excavadas en la nieve, donde permanecen aisladas mientras la madre vive en otro refugio y se acerca una o dos veces al día para alimentarlas. “Es un poco triste, pero es así. Estas focas aprenden a vivir solas desde el primer día”, explica.
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Solitarias y, al parecer, muy inteligentes: tienen un cerebro proporcionalmente mayor que el de otras focas, algo que Arto relaciona con la memoria necesaria para orientarse en el laberinto de islas, estrechos y brazos de agua del Saimaa.
—¿Esto también es típico de los finlandeses?
—Eso ya no lo sé. No he visto pruebas —se escuda Arto.
La convivencia con los humanos no siempre fue tan cordial. Hasta mediados del siglo XX, buena parte de las familias de la zona dependía de la pesca y las redes se confeccionaban a mano con algodón u otras fibras blandas. Hacer una podía llevar semanas. Si una foca encontraba pescado atrapado, se lo comía y destrozaba la red con sus garras. “Era el chico malo”, resume Arto. De hecho, hasta 1954 las autoridades pagaban una recompensa por cada foca abatida, que se cobraba llevando la cabeza del animal.

Las redes de nailon que empezaron a extenderse en los años sesenta eran mucho más resistentes: una ventaja para los pescadores, pero un peligro para las focas, que si quedaban atrapadas ya no podían romperlas. Las crías, recién separadas de sus madres y buscando alimento, eran especialmente vulnerables. Hoy determinadas redes están restringidas en primavera y la población, que rondaba apenas el centenar de ejemplares en 1980, se ha ido recuperando. El objetivo es llegar a 700 en 2032.
No obstante, el clima ha añadido otro problema. Las hembras excavan las madrigueras donde paren en los bancos de nieve que se forman junto a la orilla, pero hay inviernos con poca nieve o lluvias que los deshacen. Entonces cientos de voluntarios salen al lago helado y levantan nuevos bancos de nieve a mano. Arto organiza incluso salidas en las que los visitantes pagan por ir hasta las islas y construir uno de esos refugios. En uno de ellos nació una cría, cuenta orgulloso.

Arto conoce bien Niinisaari. A comienzos de mayo, cuando desaparece el hielo y las focas salen a las rocas para mudar el pelo, utiliza un embarcadero de la isla como punto de partida de sus excursiones. Allí, Paula Okkola recibe desde hace décadas a viajeros de distintos países que llegan principalmente “para estar solos”, explica. “A veces, antes de reservar me preguntan por el bosque más cercano. ¡Pero si aquí estamos en medio del bosque!”, dice.
Paula vive en una casa cuya parte más antigua data de finales del siglo XVIII, rodeada de cottages que su familia ha ido levantando entre el bosque y el lago. En torno a la casa quedan varios aitta, pequeñas construcciones rojas de madera sin ventanas que se utilizan como dormitorios de verano. Lleva una camiseta blanca cubierta de grandes lunares violetas que recuerdan a los arándanos de sus tartas. “Para mí, lo más importante son la naturaleza, el silencio y la sauna”, sentencia.
En Finlandia, el derecho de acceso a la naturaleza permite recolectar libremente en buena parte del territorio
En la propiedad hay también un pequeño restaurante y una gran sala de madera donde se organizan bailes, pero Paula insiste en que aquello “no está hecho por razones turísticas. Es nuestra casa”. Llegó desde Carelia del Norte hace unos cuarenta años. “Vine aquí porque me enamoré del hombre de esta casa”. Heikki era arquitecto y diseñó los cottages que fueron levantando alrededor de la antigua granja, cuando mantener cuatro o cinco vacas dejó de tener sentido y el turismo ocupó su lugar. “Primero me enamoré del hombre y después del lugar”. Les fue bien. “Teníamos planes, pero entonces ocurrió una gran tragedia: la vida cambia tus planes”. Al decirlo, se le humedecen los ojos. Heikki murió.
Mientras habla, Paula prepara mustikkakukko, un pastel de centeno relleno de arándanos silvestres. Antes ha servido limonada de hojas de grosella negra. “Hornear es internacional. Es una forma fácil de conocer a otras personas”, dice. Sus congeladores están llenos de cubos de bayas, setas y otras provisiones del verano. Muchas se consiguen simplemente saliendo al bosque: en Finlandia, el derecho de acceso a la naturaleza permite recolectar libremente en buena parte del territorio.

Su hijo Aapo, treintañero, fornido y barbudo, tiene aspecto de leñador, aunque estudió Economía y vivió en Corea. La muerte de su padre aceleró un regreso previsto para más adelante. Para quedarse allí, dice, “te tiene que gustar”, y el problema para muchos jóvenes no es tanto querer vivir en el campo como encontrar de qué vivir. Trabaja mucho durante la temporada y aprovecha el invierno para viajar. Cada cierto tiempo necesita también ir a Helsinki para ver a sus amigos, tener algo de vida cultural y escuchar metal. Tres horas y media en coche no le parecen gran cosa.
Paula ama la primavera, cuando el bosque cambia cada día. Durante el verano, corto e intenso, trabaja mucho. Noviembre le gusta bastante menos: pocas horas de luz, humedad y frío. Cuando se le sugiere que al menos puede disfrutar de todo ese silencio, responde que a veces es incluso demasiado. Detrás de la casa hay una pequeña cabaña elevada entre varios abedules. Paula sube allí cuando necesita estar sola, sentarse y pensar. Desde dentro se ve el campo y, más allá, el bosque. Todo el mundo que necesita.
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