El último motín
Por Enric Juliana Ricart — Portada

Adjunto al director
El último motín
Cuaderno de Madrid
04/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Puerta del Sol, viernes, 19,45 h. Ha llovido, y los últimos rayos de sol iluminan el anuncio de Tío Pepe, rótulo señero de la plaza, instalado aquí desde 1936. Los pulcros ejecutivos de Apple quisieron eliminar el castizo anuncio cuando abrieron una tienda muy elegante en los bajos del lado derecho de la plaza, pero una campaña con 50.000 firmas movió cielo y tierra para conservarlo, hasta que la comunidad de propietarios del número 11 ofreció su azotea. La españolísima botella de Tío Pepe está ahora en el edificio de enfrente de la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Alegra las mañanas de Isabel Díaz Ayuso, gobernadora de la plaza, y estos días le da un toque nacional-popular a la acampada de la vivienda, el último motín de Madrid.
Madrid es ciudad de motines. Capital de España sin fábricas en origen, su ira social no tiene tradición tejedora. La ira madrileña se acumula silenciosamente y un día estalla. Encabeza la lista el motín de los Gatos de 1699. Había hambre, y los gatos (los madrileños), enardecidos por una mujer que no podía alimentar a su hija, se rebelaron contra el ministro de Hacienda, marqués de la Oropesa. Eran tiempos sombríos. Carlos II, el Hechizado, el último de los Austrias, enfermo, consanguineo y contrahecho, tuvo que intervenir para que bajase el precio del pan.
La acampada de Sol es animada por nuevos grupos de izquierda muy ajenos al Gobierno
El motín madrileño más célebre es el de Esquilache en 1766. Leopoldo de Gregorio, marqués de Squillace, siciliano nacido en Messina, ministro de Hacienda de Carlos III, prohibió la capa larga y el sombrero de ala ancha para que no circulase gente embozada durante una peligrosa crisis de suministros. La peña se rebeló, y el rey tuvo que cesar a su ministro predilecto. El ilustrado Squillace pretendía subir los impuestos a la Iglesia católica y a la nobleza, para que contribuyesen más al común, y le montaron una tremenda campaña de denigración a base de pasquines y rumores. Acusaron a su mujer, italiana, de vender cargos públicos y militares. Todo está inventado. “¡Esquilache, hijo de puta!”
Vino después el motín de Aranjuez contra Manuel Godoy, acusado por la facción fernandina de querer entregar España a Napoleón. Hijo de hidalgos de provincias, el extremeño Godoy había hecho carrera como Guardia de Corps, hasta convertirse en el imprescindible valido de Carlos IV, razón por la cual era profundamente odiado por la alta nobleza, que le atribuía amores con la reina. Godoy tenía una gran ambición y a la vez era muy pragmático en el plano político. Defendía una buena relación con Francia porque no veía posible vencerla en el campo militar. Lo pagó caro. España todavía más, cuando Fernando VII llegó al trono.

Podríamos incluir en la lista de dramáticos motines madrileños la tarde-noche del 13 de marzo del 2004, cuando el gobierno de José María Aznar perdió el control del relato sobre los atentados y la gente empezó a mandar SMS para expresar su indignación por la manipulación informativa de la tragedia. Pásalo. Vino después el motín del 15 de mayo del 2011, año en el que Android se convirtió en líder mundial de la telefonía móvil. Resaca de la gran crisis económica con Android en el bolsillo. La etiqueta #spanishrevolution se convirtió en tendencia mundial. Elon Musk aún no había tomado el control de Twitter. El mito del 15-M tiene un gran trasfondo tecnológico. Las redes sociales se estaban consolidando como eficaz instrumento político, como había demostrado la primera campaña electoral de Barack Obama .
En aquel tiempo, las redes parecían campo de izquierdas. Hoy ese topografía ha cambiado, como sabemos bien. El lado derecho ha invertido dinero, mucho, dinero, gente y talento en las redes digitales. Las tornas han cambiado. Sus propietarios principales han cambiado de bando en Estados Unidos. La redes hoy dan forma a la política y en buena medida a la movilización social.
El pasado viernes asistí en Sol a una escena muy significativa. Los acampados estaban echando de la plaza a un provocador. El tipo gesticulaba con un teléfono móvil en la mano, mientras los manifestantes lo expulsaban a gritos, grabándolo con sus móviles. Parecía una danza ritual. Apenas hubo contacto físico. El tipo fue retrocediendo hasta situarse detrás del cordón policial. La estabilidad del territorio Sol exige estos días que no haya incidentes serios y que se transmita sensación de orden. (La policía disparó anoche gases lacrimógenos contra grupos de extrema derecha que se aproximaban a la acampada. Hubo tres detenidos).
El ‘aticazo’ de Ayuso se halla en el inicio de la protesta, hoy convertida en causa general
Durante el 15-M, Esperanza Aguirre, entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, empezó a ponerse nerviosa, y tuvo que atemperarla su entonces jefe de gabinete, Regino García Badell, sobrino de Carlos Arias Navarro, que de joven había militado en la organización comunista Bandera Roja y conocía un poco el paño que se tejía en la plaza. Díaz Ayuso está ahora más nerviosa que su antecesora, porque ella está en el origen del motín de Maricarmen. Todo motín tiene un factor desencadenante, y en este caso hay dos: el aticazo de Ayuso y el desahucio de una mujer de 87 años. No es necesario explicar con todos detalla la historia ya conocida en la ciudad como El Aticazo.
Alguien le dijo a la presidenta madrileña que si la Generalitat de Catalunya tiene la Casa dels Canonges, residencia oficial a disposición del president, la Comunidad de Madrid también podría tener una Casa de los Canónigos en Chamberí. Y ella escogió una magnífico ático situado enfrente de la casa de su madre, por el que la CAM ha pagado más de seis millones de euros. Seis millones. Historia no apta en una ciudad en la que muchos jóvenes pagan cuatrrocientos o quinientos euros mensuales por una modesta habitación. El dramático desahucio de la señora María del Carmen Abascal Martín fue la chispa que hizo estallar el gas acumulado. Podía haber sido otro el detonante.
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La acampada de Sol está dirigida en estos momentos por la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS) y el Sindicato de Inquilinas, con preponderancia del primer grupo, según buenos conocedores de la novísima izquierda madrileña. La CJS es un grupo de izquierda marxista muy disciplinado, en el que confluyen sectores escindidos de la izquierda abertzale vasca -jóvenes de perfil más socialista que nacionalista, poco propensos a exhibir la ikurriña-, con las juventudes del PCE separadas del partido en el 2023 por disconformidad con la línea pactista de la actual dirección, encabezada por el diputado Enrique Santiago. La CJS de Madrid lleva hoy el sello de esas juventudes comunistas. Se hallan muy lejos de Sumar y no muy cerca de Podemos. Sería temerario considerarlos un grupo de exaltados. El Sindicato de Inquilinas de Madrid tiene diversos componentes, con cierta presencia de Más Madrid e IU. En estos momentos, la CJS lleva la voz cantante y suya es la consigna de huelga general. Quienes escriben que la acampada de Sol ha sido instigada o promovida por el Gobierno no saben de lo que hablan.
¿Diferencias con el 15-M? Muchas. Hay más disciplina, un foco programático claro, más política y menos discusiones existenciales. No hay carteles con frases del filósofo Nietzsche. Menos espontaneísmo. Menos romanticismo. Es una acción de acumulación de fuerzas para un combate largo. La protesta de Sol está teniendo repercusión en muchas ciudades españolas. Puede ir a más.
El 15-M no tuvo un presidente del Gobierno pendiente de la vibración del aire en las plazas –y del contenido de las últimas encuestas– para convocar o no elecciones generales.
Madrid es ciudad de motines, y nunca hay que menospreciar lo que ocurre en sus plazas.

Enric Juliana
Adjunto al director
Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)
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