Comerse a los muertos: las huellas del canibalismo prehistórico en tres cuevas de Granada
Por Antonio Ortí — Portada
Comerse a los muertos: las huellas del canibalismo prehistórico en tres cuevas de Granada
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¿Los sapiens consumían neandertales? ¿Y a la inversa? ¿Practicaban nuestros ancestros la antropofagia para saciar el hambre o por motivos rituales? Varios especialistas responden a nuestras preguntas

Cráneo-copa hallado en la cueva de la Carigüela
CSIC
Antonio Ortí
04/10/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
En la cueva de Malalmuerzo, en Moclín, a unos 42 kilómetros de Granada, un equipo de arqueólogos ha reconstruido con una precisión inédita una escena de hace siete mil años: un grupo de 33 personas exterminado y devorado en un solo episodio de violencia colectiva. A unos 25 kilómetros de distancia en línea recta, en la cueva de Majolicas de Alfacar, otro grupo, en otro momento, hizo algo muy distinto: procesó con sumo cuidado los cuerpos de sus muertos, tiñó algunos huesos de rojo con cinabrio, o sulfuro de mercurio, y no dejó ningún rastro violento. Finalmente, en Carigüela, los investigadores han descubierto dos calaveras reconvertidas en cráneos-copa, es decir, en recipientes ceremoniales que, probablemente, buscaban conservar el poder del difunto.

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Tres cuevas, tres historias diferentes, un mismo territorio e idéntico período histórico: el Neolítico. He aquí, en síntesis, la conclusión del estudio publicado en Journal of Archaeological Science por un equipo del Instituto de Arqueología de Mérida (centro mixto del CSIC y la Junta de Extremadura) y el Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES-CERCA).
Prácticas caníbales
Según Antonio Rodríguez-Hidalgo, uno de los cinco firmantes del anterior trabajo, los 967 huesos hallados en los tres yacimientos granadinos sugieren que el canibalismo no fue una práctica uniforme ni se produjo en un solo momento. Un patrón que coincide con lo observado en otras regiones europeas y que supone un colosal reto para los arqueólogos.
¿Qué pudo pasar en la prehistoria europea para que, en lugares tan alejados entre sí como Alemania o Granada, nuestros antecesores desempolvaran el canibalismo, que había menguado durante el Mesolítico? “Cada yacimiento exige su propia lectura contextual”, responde Rodríguez-Hidalgo desde la cueva de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria).

El punto de partida de esta reciente investigación se remonta a la década de 1970, cuando aparecieron en la superficie de la cueva de Malalmuerzo unos restos óseos que, tras ser analizados por Miguel Cecilio Botella (por entonces director del Laboratorio de Arqueología Forense de la Universidad de Granada y, en la actualidad, catedrático emérito en la misma universidad), evidenciaron prácticas caníbales.
Fue el propio Botella quien en un congreso celebrado en Tarragona, en 2023, animó a estudiar estos huesos con las tecnologías actuales (datación por radiocarbono, análisis tafonómico, microscopía óptica). El resultado es el estudio “Multiphase human cannibalism in Neolithic southern Iberia: Chronological and taphonomic evidence from Malalmuerzo, Carigüela, and Majolicas Caves”, que firman Palmira Saladié, Antonio Rodríguez-Hidalgo, Francesc Marginedas, Ana Solari y el propio Miguel C. Botella.
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Los restos óseos hallados en los tres yacimientos granadinos constatan prácticas caníbales tales como marcas de corte asociadas al descuartizamiento de cadáveres, fracturas craneales intencionadas, así como cocción y marcas de dientes humanos, la especialidad de Palmira Saladié, investigadora principal del estudio, cuya tesis doctoral, de 2009, versó sobre este asunto.
Nutrición o cultura
A juicio de Saladié, pocas conductas resultan tan difíciles de interpretar para una arqueóloga como el consumo de carne humana. “Sus causas pueden ser muy diversas, por lo que en ocasiones los mismos grupos que practicaron un canibalismo agresivo contra sus enemigos también consumieron a sus familiares por afecto”, declara desde el barranco de la Boella, cerca de La Canonja (Tarragona), tras aparcar momentáneamente la espátula, el cincel y los pinceles.
Para esta tarraconense, el canibalismo neolítico tuvo un marcado carácter ritual. “No tenemos constancia de que durante la prehistoria existiera un canibalismo de supervivencia”, admite Saladié. A continuación, cita un estudio del arqueólogo británico James Cole que sugiere que cazar y devorar a un homínido era, en términos energéticos, un pésimo negocio para nuestros antecesores.

El referido trabajo calcula las kilocalorías que proporciona el cuerpo de un humano y las compara con otras especies faunísticas que coinciden con nuestro peso corporal típico, para concluir que, si se trataba de satisfacer el hambre, ningún grupo prehistórico habría elegido comerse a un semejante, pudiendo cazar un caballo o un jabalí. Más allá de ser más fáciles de capturar y matar, comerse el cuerpo de un humano adulto proporciona unas 32.000 calorías de músculo, frente a las 163.000 que, según estima Cole, suministra un ciervo o las casi un millón de un bisonte europeo.
Interpelado sobre el canibalismo, Eudald Carbonell señala la importancia de discernir entre canibalismo nutricional y canibalismo cultural. El “nutricional”, explica este arqueólogo y paleontólogo desde Burgos, donde vive ahora, guarda relación con el consumo de carne humana para satisfacer las necesidades alimenticias.
En cambio, el canibalismo no motivado principalmente por necesidades proteicas, puede adoptar múltiples formas, como los sacrificios humanos a gran escala practicados por los aztecas. Pero también puede ser un instrumento de guerra para quedarse con el poder del enemigo, e incluso obedecer a motivos rituales, como sucede con los cráneos-copa documentados por la paleoantropóloga Silvia Bello. Esta ha sugerido que el procesamiento post mortem de cabezas humanas y el meticuloso modelado de las bóvedas craneales eran conocidos por culturas tan distintas como la china o la vikinga.
La pregunta del millón
Si se trata de ponerle hilo a la aguja, los episodios de canibalismo neolítico parecen concentrarse en Europa, apunta Saladié, en dos momentos clave: hacia 5.000 a. C. y hacia 4.000 a. C., sin que se sepa el motivo.
“Como dicen los estadounidenses, es la pregunta del millón de dólares”, interviene de nuevo Rodríguez-Hidalgo en relación a esa “sublimación de la violencia”, por citar la expresión que emplea. ¿Concurrió algún condicionante ecológico? ¿Fue una explosión demográfica lo que obligó a competir por los recursos? Por ahora, no hay respuestas.

Todo parece indicar que nuestros ancestros vivieron generalmente en paz, aunque en determinados momentos es posible que estallaran conflictos tan cruentos como pudieron serlo (salvando las distancias, que son muchas) las dos guerras mundiales del siglo XX.
Si cerramos los ojos e imaginamos cómo era la península ibérica hace unos siete mil años, cuando 33 personas fueron devoradas en la cueva de Malalmuerzo, tras ser aporreadas con objetos contundentes, conviene visualizar que la fauna y flora de la península ibérica se asemejaban a la actual, según Rodríguez-Hidalgo. Al fin y al cabo, Europa llevaba unos cuatro mil quinientos años sin glaciación, plenamente instalada en el clima cálido del Holoceno.
Corrales y sepulcros
Carbonell, quien tuvo como alumnos tanto a Saladié como a Rodríguez-Hidalgo, añade que, cuando los habitantes del Neolítico se comieron a sus semejantes, ya no vivían en cuevas (como se ha propagado erróneamente), tanto por la presencia de animales peligrosos como por la elevada humedad.
Por lo demás, eran sociedades semisedentarias de mayor tamaño: si un grupo típico de cazadores-recolectores del Paleolítico podía sumar entre quince y treinta individuos (“que podían llegar a ser cien o doscientos durante las partidas de cazas comunales”, precisa Carbonell), a partir del Neolítico los asentamientos fueron haciéndose más y más grandes.

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Hasta donde se sabe, los habitantes del Neolítico cultivaban legumbres y cereales, por lo que solían elegir las tierras fértiles de los valles próximas a los cursos fluviales. Es más, cuando terminó el máximo glaciar y el mayor pico de frío, las cuevas comenzaron a utilizarse también como corrales, especialmente en verano, cuando nuestros antecesores se veían forzados a trasladar a sus rebaños hasta lugares más montañosos en busca de alimento para sus cabras y ovejas. Algunas cuevas también se utilizaban como sepulcros, lo que explica que aparezcan tantos huesos en las cavidades, hasta el punto de convertirse poco menos que en “cápsulas de tiempo”, por utilizar la expresión de Saladié.
¿Anomalías prehistóricas?
En todo caso, algunas teorías sobre el canibalismo ya han sido descartadas. El canibalismo intraespecífico (neandertales comiendo neandertales o sapiens comiendo sapiens) es el que cuenta con una evidencia más sólida. Moula-Guercy (Francia), El Sidrón o Zafarraya (España), Krapina (Croacia) y Goyet (Bélgica) documentan neandertales devorados por otros neandertales, mientras Gough’s Cave (Reino Unido) ilustra episodios de sapiens devorados por sapiens.
Sobre si los sapiens comían neandertales, durante quince años se citó un caso como la prueba definitiva: una mandíbula infantil hallada en la cueva de Les Rois (Francia) que se atribuyó a un neandertal cazado y comido por humanos modernos, que, además, se habrían quedado sus dientes para confeccionar un collar. Pues bien, un nuevo análisis dental, publicado en 2026, ha determinado que esos dientes no pertenecían a un neandertal, sino a un humano moderno, lo que desmonta el ejemplo que durante años sirvió como argumento de que los sapiens exterminaron a los neandertales también a bocados.

Respecto a si, a semejanza del reino animal, nuestros antecesores cazaban a los individuos más débiles de los clanes rivales para comérselos, no ocurrió así en Malalmuerzo ni tampoco, en general, durante el Neolítico. “Cuando los animales cazan a la carrera, suelen elegir a las presas más débiles, por ser más fáciles de atrapar. En cambio, cuando cazan por emboscada, se suele coger al que pasa por delante, y ahí suele haber más adultos”, informa Saladié.
En resumen, Malalmuerzo, Majolicas y Carigüela no son tres anomalías prehistóricas, sino tres respuestas completamente distintas a qué hacer con los muertos y con el poder que dejan atrás. Siete mil años después, ya no comemos a nuestros enemigos, pero seguimos erigiendo monumentos, guardando reliquias y debatiendo quién merece ser recordado. El canibalismo neolítico, visto así, no fue tanto una barbarie gastronómica, sino un primer intento, torpe y violento, de responder a qué hacemos con la muerte y con el legado del que ya no está.
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