Una semana en el motor de un autobús (y en las manos de Junts)
Por Germán Aranda Millán — eldiario.es – eldiario.es

Qué diferente la Maricarmen avispada y cañera que conocí con esa mujer que sacaron en camilla de su casa, que hablaba desde la cama del hospital. Qué diferente y apenas la separan tres meses. A Maricarmen sus caseros, los jueces y las leyes no solo la han echado de casa, también han destrozado su salud. Y sin embargo hay quien cree -PP, Junts, Vox- que no vale la pena poner sus votos en proteger a gente como ella
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Hoy no os voy a hablar de vivienda. Creo que ya hemos tenido todos suficiente. Solo haré un breve comentario. Resumiré los decretos en que el segundo, el de las prórrogas indefinidas para siempre, podría ser revolucionario. Y el primero estaba bien pero era más bien temporal y dejaba dudas en el aire: ¿Qué pasa con los precios de mercado en las zonas no topadas? ¿El precio de compra no se toca? ¿Seguirá habiendo desahucios a personas vulnerables? Lo demás lo podéis leer en textos como este que escribí ayer y que tuvimos que tocar con el ‘no’ de Junts a última hora, bien entrada la noche.
Hoy os voy a contar cómo ha sido la semana, una de las más locas que me ha tocado cubrir como periodista. O quizás me remonto a unos meses atrás. A las visitas a las casas de Maricarmen y Paquita, dos mujeres ancianas a quienes sus caseros pretendían desahuciar. Las dos transmitían fortaleza y paz a la vez y entrar en sus casas era entrar en túneles del tiempo de enciclopedias antiguas y fotos de bodas y milis en blanco y negro, una sensación de túnel del tiempo y regreso a la infancia que seguro que habéis sentido cuando habéis ido a casa de vuestras abuelas. Casa. Hogar. ¿Existe el hogar?
Qué diferente la Maricarmen avispada y cañera que conocí con esa mujer que sacaron en camilla de su casa, que hablaba desde la cama del hospital en el vídeo del Sindicato de Inquilinas. Qué diferente y apenas la separan tres meses. A Maricarmen sus caseros, los jueces y las leyes no solo la han echado de casa, también han destrozado su salud, la han torturado. Y sin embargo hay quien cree, PP, Junts, Vox, que no vale la pena poner sus votos en proteger a gente como Maricarmen o como sus sobrinos, primos segundos o conocidos (sabemos que los cercanos seguramente lo tengan todo resuelto) cuyo hogar depende de un contrato que expira y con el que el casero puede hacer lo que le salga de las narices.
Perdón, he dicho que no iba a hablar de vivienda. ¿Cómo no voy a hablar de vivienda? La cuestión es que para mí todo empezó el pasado martes, 22, camino a The District, adónde me dirigía para intentar detectar las tendencias de los fondos de inversión, para conocer mejor cómo funciona la especulación, y me encontré cosas como ofertas para invertir en vivienda con beneficios de hasta el 101%. La idea en estas ferias para un periodista es intentar ver hacia adónde van las inversiones y contarlo, en nuestro caso con el espíritu crítico que caracteriza a elDiario.es. Una bomba fétida de unos manifestantes que irrumpieron para afear a Ayuso que estuviera allí un día antes del desahucio de Maricarmen empezó a cambiarlo todo. Ella reaccionó con indiferencia y siguió paseando con los inversores, presuntamente especuladores.
Fue un compañero de Somos, Guillermo Hormigos, quien pasó la noche acampado ante la puerta de Maricarmen y fueron ellos quienes cubrieron un desahucio que pasará a la historia. No porque fuera el desahucio más cruel o más duro, ¿quién determina cuál lo es?, hay miles año a año y todos esconden algún drama, enfermedades, familias rotas.
Pero fue un desahucio en camilla, televisado, y que llevaba siendo avisado desde hacía meses, hasta la ONU había pedido al Estado que lo cancelara. Y Madrid convulsionó. Con el desahucio de Maricarmen todo Madrid, y seguramente toda España, o al menos yo y mucha gente, entramos en una especie de estado de delirio incrédulo, no podía ser que aquello que habíamos visto hubiera sucedido, desde aquel día los días, las horas, los pensamientos, los sentimientos, los primeros frescos de la mañana y el calor se entremezclan en la memoria como un jet-lag musgoso y tropical.
La manifestación del sábado desbordó todas las expectativas, el Sindicato de Inquilinas se hizo mayor como el mayor movimiento social de España, y sus jóvenes portavoces a quienes tantas veces se ha infravalorado se convirtieron en actores políticos cruciales para el devenir del mayor problema de la sociedad. Y no solo ellos. En cuanto propusieron acampar en Sol, los rostros de ira se tornaron en sonrisas, la gente recuperó la ilusión, se sintió protagonista, enseguida supieron que estar allí acampados les convertía en actores políticos. Una manifestación de un par de horas, en verdad, no supone ya un modo de presión. Pasa.
Pero estar allí, en pleno centro de Madrid, ante el vaivén de todo el mundo, incomoda. E incomodó más porque la cosa creció de las 90 tiendas de la primera noche a las 2.000 de las últimas. El efecto viralidad de Instagram sustituyó al de Twitter que operaba en el 15M.
De la acampada al Congreso
Pasé la noche en Sol la primera acampada, después me volví a centrar en el decreto, en el Ministerio, en la parte de seguimiento de las políticas públicas. Es una de las cosas que más me gusta de mi trabajo, y que no todos los periodistas, porque depende de lo que te toque cubrir, lo pueden vivir. El pasar del barro, de la calle, a los pasillos de un Ministerio en cuestión de días, a veces de minutos.
En la acampada te contaban historias no solo de alquileres locos, pisos muy compartidos, inmobiliarias que querían comprar la casa al casero, sino que también había un gran sentimiento de empatía. Fue la palabra que usó Tobías, un joven estudiante de FP y camarero de 18 años que hasta con la camisa blanca venía y que ni sabía que era 15M. Vivía con sus padres de un alquiler pagado con estrecheces en Carabanchel, pero se notaba que a él le quedaba lejos emanciparse y que realmente no estaba allí porque le resultara insoportable la idea de no encontrar piso cuando lo intente. Lo que le resultaba insoportable era haber visto a Maricarmen y la sensación de angustia y frustración que crece por todas partes en torno a la posibilidad de una casa, los precios disparados, las goteras sin reparar, las fianzas sin devolver, las hipotecas que nunca finalizan, ¿adónde van? Alguien saca tajada.
“Si los demás están bien, es mejor para ti también”, me decía una manifestante propietaria con una lógica aplastante y diametralmente opuesto al barroco “cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo beneficio político”. ¿Cómo se puede hacer para que la clase política siga conectando con la realidad y la simpleza en su mejor sentido sin perderse en los laberintos de la burocracia y de la apatía que han hecho que este decreto haya tardado seguramente ocho años más de los que debería?
Fue la acampada de Sol la que les hizo a todos correr por un decreto que llegaba muy tarde, con la mayoría de pacientes en la UCI, algunos muertos, como Olga, que se suicidó un mes después de un desahucio.
El lunes me fui a una rueda de prensa en que el Sindicato de Inquilinas lanzó las propuestas de su decreto Maricarmen, que exigieron al Gobierno. Después, me fui a ver a Paquita, otra anciana amenazada de desahucio, que salió de la mano del ministro Bustinduy a pedir cambios en la vivienda y “que se vayan los buitres”. Tengo que decir que, aunque Bustinduy es uno de los políticos que más respeto, no me gustó que saliera a su lado. La foto te la haces cuando tienes la solución, no antes.
La portavoz del Sindicato de Inquilinas, en la Puerta del Sol
El Gobierno ya había dicho que el martes llevarían a Consejo de Ministros un nuevo decreto de vivienda y de allí me fui a la redacción para escribir mano a mano con Dani Ríos, compañero de política, la previa del día de la aprobación del decreto. Llevábamos todo el día esperando conseguir el borrador del decreto y nos llegó a las tantas de la noche, y flipamos con que se quedara tan solo en medidas antidesahucios hasta 2030 y prórrogas del alquiler hasta 2028. Nos dieron las tantas escribiendo, pero una de las cosas más bonitas de estos días en la redacción ha sido compartir momentos, trabajo y también muchas risas, porque pese a los dramas la vida sigue, con los compañeros de política, de Somos y del podcast Un tema al día. Es muy fácil trabajar con ellos y coordinarse, como con mi sección, en la que Álvaro Celorio siempre ha estado al quite y Serafí Del Arco me ha dado la confianza y la tranquilidad que necesitaba en los momentos de crisis.
Aquella noche vi también la imagen espectacular de Amaia dándole el ‘decreto Maricarmen’ a Pedro Sánchez. Al día siguiente, en las horas antes del Consejo de Ministros, se aceleró la negociación con la presión de Sumar, que consiguió introducir en el decreto las medidas del Sindicato y crear un segundo decreto que convirtiera en estructurales las renovaciones de contrato cada cinco años convirtiéndolos prácticamente en indefinidos. Mi teoría (no lo toméis en serio, por favor) es que Sánchez abrió el decreto de Amaia y le pareció que estaba bastante bien y llamó a la ministra para decirle que le parecía bien que fueran todas las medidas y que por tanto bien podría haber acabado siendo uno el decreto Maricarmen y otro el decreto Amaia.
Total, que al día siguiente me tocaba ir al Consejo de Ministros. Unas semanas antes había entrevistado a la Ministra Isabel Rodríguez y, aunque fue una entrevista muy amable en las formas, fue dura en el contenido. Creo que fui duro porque el Ministerio tiene una gran parte de responsabilidad de que estemos así y la prueba es que este decreto haya tardado tanto en salir. Con voluntad política, habría salido antes. Que es muy difícil con el Congreso como está, pero no es mi trabajo saber cómo sacarlo, es el de ellos.
La ministra de Vivienda y Agenda Urbana, Isabel Rodríguez, durante la rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros. EFE/ Rodrigo Jiménez
Entonces estaba allí, sentado frente al Consejo de Ministros, y la ministra se acordó de mí y me sonrío, me saludó, yo todavía andaba con el sueño medio girado de la noche en Sol y el impacto de la acampada. Y de repente estaba en el otro lado de la historia, el que decide, y ya ni siquiera era un extraño o un recién llegado, que al final solo llevo seis meses en Madrid y en elDiario, los he tenido que contar porque llevaba como cuatro meses diciendo que he llegado hace tres meses. La rueda de prensa fue un tanto estrambótica y la ministra tuvo que revolver los papeles, “vaya cacao llevo”, porque el decreto claramente no es que estuviera “por maquetar”, como dijo ella, sino directamente por escribir, como explicó después José Enrique Monrosi.
Martes, miércoles y jueves han sido días de encuentros con la Secretaria de Estado de Vivienda diseccionando el decreto, llamadas a expertos, vueltas y más vueltas a uno y otro punto, horas y horas de trabajo, ríos y ríos no de tinta porque ya no se imprime, pero de bits y letras. ¿Se dice bits aún? Todo para que al final llegue Junts y diga que va a votar en contra. ¿Puedo desllamar a los expertos que me han dedicado su tiempo? ¿Y si un lector tuvo esta semana tiempo para informarse de vivienda y justo a partir de mañana se le complica y se cree que el decreto es válido? ¿Puedo hacer que lo deslean? ¿O lo vuelvo a publicar otra vez poniendo delante “ESTO YA NO VALE”?
Que tumben este decreto, del que uno ha escrito tanto, que le ha hecho a uno volver a creer en el poder de las calles y las plazas, es como para que te coja Christopher Nolan y te rebobine a lo Tenet, como para que coja Michel Gondry y borre la memoria a todo el mundo que lo haya seguido para deshacer el trauma que puede generar la posibilidad de que esta lucha no haya servido para nada. Sobre todo porque ya tenemos el precedente del 15M. Y porque hay, como Paquita, miles de Maricármenes pendientes de desahucio y miles de personas hablando a su psicólogo, si es que lo pueden pagar, de lo que les angustia llegar a final de mes y la posibilidad de llegar aún peor cuando se les acabe el contrato del alquiler.
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