Por Sergi Pàmies Bertran — Portada

Sergi Pàmies Bertran

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Obediencia civil 02/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El prestigio de la desobediencia civil está más que justificado. En parte le debemos el progreso de la humanidad y unos niveles de libertad que seguramente no existirían si unos valerosos desobedientes no se hubieran arriesgado a, para bien y para mal, asumir las consecuencias de sus actos. Oscar Wilde, que la practicó con temerario entusiasmo, dejó dicho que la desobediencia y la rebelión eran los responsables de haber propulsado el progreso en todas las épocas. Y Mahatma Gandhi pasó a la historia por lograr que la confrontación no violenta contra la autoridad británica saboteara los principios, tradicionalmente implacables, de la represión imperialista.

En un ámbito más cercano, la causa de los insumisos fue lo bastante arriesgada para, a través de una desobediencia de contagio exponencial entre los jóvenes, provocar la supresión de una imposición tan absurda, injusta e inhumana como –¡y todavía hay quien insiste en recuperarlo!– el servicio militar obligatorio.

Como gasolina ideológica, la desobediencia puede pervertir su sentido primigenio

Elevada a categoría de consigna y de receta de superioridad moral, en cambio, la desobediencia puede ser un mecanismo tramposo. Transformando el altruismo y las buenas intenciones en coartada diabólica, se autoproclama como civil cuando en realidad solo responde a una manera, no siempre progresista, de maquillar intereses inconfesables. Como gasolina ideológica, puede pervertir su sentido primigenio.

Por eso es importante aprender a distinguir el gesto testimonial, que cuestiona certezas y poderes aparentemente arbitrarios, del regate corto, el márquetin asambleario y las proclamas partidistas que en estos días marcan, sin demasiados escrúpulos, la agenda social y política. Lo peor que le puede pasar a la desobediencia civil es que sea expropiada por la megafonía estridente del radicalismo y por el populismo.

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La historia de los avances civiles está llena de ejemplos de contestación y de denuncia de personas anónimas, que actuaron con una dignidad y una valentía tan inesperadas como ejemplares. Rosa Parks es el símbolo más explotado de esta tendencia: encarna un activismo no organizado, espontáneo y responsable, y, a la manera del Capità Enciam, nos recuerda que las decisiones individuales también pueden transformar el mundo. Y cuando la desobediencia civil se deteriora tanto que coquetea con los lemas de las grandes marcas de ropa deportiva o con los idearios de la autoayuda, quizá sea recomendable, por coherencia desobediente, refugiarse en la cada vez más criminalizada capacidad de obedecer. Una obediencia que no es sinónimo de aceptación acrítica de la realidad sino la manera de, sin provocar sufrimientos innecesarios, tener la serenidad y la lucidez suficientes para aplaudir, comprender, asimilar y sobre todo reconocer la auténtica (siempre excepcional) desobediencia.

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