Por Susana Quadrado Mercadal — Portada

Susana Quadrado Mercadal

Susana Quadrado

El fraude de la universidad 29/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Ahí está el asunto. ¿Y si el problema no fueran los alumnos que usan ChatGPT, sino una universidad que lleva años evaluando cosas que una máquina puede hacer en diez minutos?

Mientras discutimos si los estudiantes hacen trampas, el edificio entero sigue funcionando como si no hubiera pasado nada. El crédito ECTS, esa moneda con la que llevamos dos décadas pagando el aprendizaje, se diseñó para medir el tiempo necesario para adquirir unos conocimientos. Hoy una máquina puede resolver en nada lo que antes justificaba diez horas de codos.

   
    MARC CARNICE / SIRERAFOTO

El plan Bolonia sustituyó el examen memorístico por competencias, trabajos y evaluación continua. La idea era razonable. Contenía, eso sí, un requisito bastante importante: que el trabajo demostrara lo que sabía el alumno. Entonces esto parecía una obviedad. Ahora ya no.

Una IA puede escribir un trabajo sobre un libro que el alumno no ha abierto, inventarse una referencia con aplomo y redactar tres páginas sobre cualquier asunto en un santiamén. Y nosotros seguimos poniendo notas a cinco folios como si se tratara de un escáner del cerebro que los entrega.

La universidad tendrá que enseñar a usar la IA, porque los futuros profesionales van a utilizarla

La reacción ha sido prohibir. Algunas universidades ya vetan la IA en los trabajos. Estupendo, prohibamos que salga el sol. El problema no pasa tanto por pillar al tramposo como por saber qué acredita exactamente el trabajo que se presenta: si las aptitudes del estudiante o la pericia de una IA. Y perseguir a la máquina con detectores cada vez más sofisticados solo añade otra capa más de burocracia a la universidad.

Que se pregunte al alumno, pero de verdad. Que defienda lo que ha escrito, que demuestre lo que ha aprendido, que explique por qué eligió una fuente, que responda cuando le lleven la contraria. Que resuelva algo que no estaba preparado de antemano. No porque la conversación sea un ritual pedagógico, sino porque así resulta bastante más difícil esconder que no tiene ni idea.

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Con la clase ocurre algo parecido. El profesor se limita a leer los apuntes ajeno a que compite con una IA que trabaja de noche, sin descanso, y explica lo mismo cien veces sin perder la paciencia. Gandul, no sé, pero el estudiante no es idiota por elegir la opción cómoda. Quizá se la están brindando.

La universidad tendrá que enseñar a usar la IA, porque los futuros profesionales van a utilizarla. Un abogado podrá pedirle un borrador a la máquina, pero lo preocupante será si no sabe detectar cuándo esta le responde una estupidez. Hay que empezar por cambiar la forma de evaluar. Y, luego, repensar el ECTS, transformar el TFG y devolver valor a la enseñanza presencial. Solo así la universidad y sus inquilinos evitarán hundirse en la ignorancia.

Susana Quadrado Mercadal

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Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1. Premio Pedro Vega de Periodismo (2025)

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