El refugio de Jackie Kennedy que atrae a escritores, músicos y otras mentes creativas
Por Eva Millet — Portada
Martha’s Vineyard, el refugio de Jackie Kennedy que atrae a escritores, músicos y otras mentes creativas
Con historia
La gran finca rodeada de naturaleza, garantizaba a la ex primera dama privacidad en uno de los lugares con más solera de EE.UU.

Martha’s Vineyard, el lugar escogido por Jackie para su retiro
Getty Images

27/09/2026 06:50 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
En 1979, Jacqueline Onassis Kennedy, entonces la mujer más famosa del mundo, anunció a sus hijos Caroline y John que “se había enamorado de las colinas onduladas, las dunas salvajes y los estanques silenciosos de Aquinnah”, en Martha’s Vineyard, una isla del estado de Massachussets, frente al Atlántico.
Quien fue primera dama de EE.UU. entre 1961 y 1963 adoraba aquel océano. “Mi madre sostenía que un verano en el Atlántico norte era un regalo de la vida”, escribió Caroline Kennedy en una carta al Vineyard Gazzete; principal periódico de Martha’s Vineyard. Durante su infancia, Jackie veraneó en East Hampton y en Newport. Ya casada con John F. Kennedy, se integró en las multitudinarias vacaciones del clan en Hyannis Port, también en la costa de Massachussets.
Quien fue primera dama de EE.UU. entre 1961 y 1963 adoraba el océano
Sin embargo, como señala Caroline, “cuando mi hermano y yo crecimos, quiso un lugar para ella”. Entonces surgió la oportunidad de comprar, por 1,1 millones de dólares, una propiedad de 140 hectáreas en la península de Aquinnah, en el suroeste de la isla. Un lugar que Caroline describe como “uno de los más hermosos de la Tierra”.
Allí Jackie construyó Red Gate Farm, una casa “hecha para resistir el clima. Sin piscina ni aire acondicionado; [mi madre] quería nadar en el océano y respirar el aire salado”. Un lugar donde disfrutó de una naturaleza prístina y de su familia inmediata: sus hijos, su yerno, Edwin Schlossberg y, más adelante, sus nietos: Rose, Tatiana y Jack.

La vivienda, con tejas de cedro y fachada gris, está inspirada en las arquitectura tradicional de Nueva Inglaterra. Consta de una residencia principal con cinco dormitorios; una casa de invitados y otra para el servicio. Hay asimismo un embarcadero, una gran playa privada y un jardín, obra de la paisajista Rachel Bunny Mellon —amiga de Jackie y diseñadora del jardín de rosas de la Casa Blanca, que Trump ha recubierto de cemento. La ex primera dama acabó construyendo una piscina y una pista de tenis (aunque “odiaba el sonido de las bolas”, escribe Caroline). Red Gate Farm también tenía un huerto y una casita en un árbol, para que jugaran sus nietos.
Todos estos detalles se saben porque, en el 2019, Caroline Kennedy puso a la venta la finca que heredó de su madre. El anuncio de la inmobiliaria Christie’s facilitó todos estos datos y despertó mucha expectación. No solo por el precio (65 millones de dólares) sino por una decisión que a los isleños les costaba entender. ¿Cómo se podía vender aquella joya? Para atajar las especulaciones, Caroline escribió la citada carta al diario local, donde explicó que la decisión era fruto de “una profunda reflexión”. La familia, especialmente su madre, habían disfrutado de la isla y de la propiedad “y siempre estaremos agradecidos”, pero sus hijos habían crecido: “Es hora que ellos vuelen solos y nosotros exploremos otros lugares”.

Además, no todo eran buenos recuerdos: en 1999 la avioneta pilotada por su hermano John, en la que viajaba con su esposa, Caroline Bessette, y su cuñada, Lauren, se estrelló en ruta a Martha’s Vineyard. La búsqueda de los ocupantes sacudió a la comunidad. “Tengo amigos que recuerdan encontrar restos del equipaje en la playa”, explica Max Shrady, un politólogo americano-español que ha pasado largas temporadas en la isla. La define como “un lugar fascinante, con una naturaleza espléndida, una arquitectura muy cuidada y una interesantísima mezcla cultural”. Es también un punto de encuentro progresista, donde han veraneado los Obama y los Clinton, el cineasta Spike Lee, el presentador David Letterman, la cantante Carly Simon y el actor Bill Murray. Katharine Graham, propietaria de The Washington Post, tenía casa aquí.
“Hace generaciones que Martha’s Vineyard da la bienvenida a visitantes destacados, pero las celebridades no son lo que nos define”, puntualiza, vía e-mail, Erica Ashton, directora de la cámara de comercio de la isla. De todos modos, Ashton es muy consciente de la visibilidad que estas personalidades dan a un lugar cuya principal industria es el turismo, con los pros y contras que ello implica: “En el 2025, los visitantes generaron casi 500 millones de dólares en gasto directo, sosteniendo unos 1.700 puestos de trabajo. El reto es mantener el equilibrio entre ellos y la comunidad que vive todo el año”, dice. Sin olvidar: “Preservar el entorno natural y la autenticidad de la isla, que es lo que hace que la gente quiera venir”.
Han veraneado los Obama y los Clinton, el cineasta Spike Lee, el presentador David Letterman, la cantante Carly Simon y el actor Bill Murray
La huella de los Kennedy es palpable, aunque, como señala Max Shrady, “el grueso de la familia estuvo más en Cape Cod. Entre otras cosas porque en Martha’s Vineyard el senador Ted Kennedy tuvo ese accidente, en Chappaquiddick…”. Se refiere al accidente, en 1969, cuando el coche que conducía el hermano de JFK cayó a un lago en la zona de Chappaquiddick. Kennedy iba con su secretaria, Mary Jo Kopechne, que se ahogó. Aquello representó el fin de sus aspiraciones presidenciales.
Unos años después, en 1974, Martha’s Vineyard alcanzaría aún más notoriedad cuando un joven director llamado Steven Spielberg rodó en sus playas Tiburón. Pero, como explica Max Shrady, este rodaje es solo una pequeña parte de la historia de la isla. “A mí lo que siempre me ha fascinado es su variedad de nichos o subgrupos”. Empezando por sus habitantes nativos: los wampanoags (“gente de la primera luz”), que aún residen en Aquinnah, y pasando por los primeros colonos que desarrollaron una potente industria ballenera. También trajeron el gen de la sordera, por lo que hasta mediados del siglo XX, en Martha’s Vineyard la lengua de signos fue de uso habitual entre oyentes y no oyentes.

Otro punto de inflexión fue la llegada de grupos metodistas que, durante el siglo XIX, se instalaban aquí cada verano. Estas reuniones multitudinarias fueron el germen para que Martha’s Vineyard se convirtiera en el destino estival actual. “En los años sesenta también llegaron los hippies del movimiento “retorno a la tierra”. Crearon comunas y atrajeron a muchos artistas, especialmente, músicos. La producción cultural que hay en la isla, en relación con su tamaño, es realmente increíble”, dice Shrady. “Sí, Martha’s Vineyard lleva mucho tiempo atrayendo a artistas, escritores, chefs, músicos, emprendedores y mentes creativas, además de generaciones de familias que han vivido y trabajado aquí. Esa mezcla le da una riqueza cultural que va más allá de un atractivo destino de playa”, corrobora Erica Ashton.
Todos estos atractivos sedujeron a Jacqueline Kennedy que, como explicó su hija, disfrutó tanto de la intimidad de su casa como “de la vida literaria de la isla”. Sin olvidar los paseos en bicicleta hasta el faro de Gay Head (uno de los iconos de Martha’s Vineyard), la pesca de langostas y la recolección de conchas en su playa particular. “Hay muchas playas privadas, lo que genera tensiones con los locales”, explica Max Shrady, que recuerda toparse con los guardias de seguridad que impedían el paso a la propiedad de los Kennedy.

Sin embargo, hoy una gran parte de la finca es accesible, ya que Caroline optó por conservar la casa familiar, pero vendió parte de los terrenos a dos asociaciones ecologistas. Por ello, desde el 2025 la reserva de Squibnocket Pond está abierta al público. Comprende dos rutas por las que se puede pasear entre dunas, riachuelos y bosques cuajados de helechos, hasta llegar al mar. Como destaca The New York Times, el hecho de que el lugar se haya blindado durante tantos años ha hecho que la naturaleza sea muy pura: hay más de treinta especies excepcionales, incluyendo tortugas moteadas, orquídeas y aves. Sin embargo, la especie más rara de ver son los Kennedy–Schlossberg. La familia conserva casi 40 hectáreas alrededor de su casa, por lo que su intimidad sigue protegida, al más puro estilo Jackie.
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