Por Ramon Aymerich Piqué — Portada

Ramon Aymerich Piqué

Ramon Aymerich

Redactor jefe de Internacional

Mark Carney y la suerte del Correcaminos

UNA NOCHE EN LA TIERRA

27/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

La febril actividad del canadiense le ha convertido en los últimos meses en el contrapunto a la descarnada política de Trump. Ahora, Carney necesita que los elogios recibidos se conviertan en acuerdos comerciales para su país.

1992: Roadrunner of the Looney Tunes. (Photo by BSR Agency/Gentle Look via Getty Images)
1992: Roadrunner of the Looney Tunes. (Photo by BSR Agency/Gentle Look via Getty Images) Gentle Look via Getty Images

Cómo será Europa después del paso del huracán Trump? La respuesta está en la economía. Si la economía va mal, el continente será un laboratorio de la derecha radical en el que se darán pasos en la política de deportaciones, como en Estados Unidos. Si la economía va bien y los gobiernos redistribuyen mejor la riqueza, la Europa institucional sobrevivirá y recuperará la cohesión perdida.

Para avanzar en la buena dirección, Europa tiene que cerrar el capítulo de dependencia paralizante de EE.UU. Eso es fácil de decir y difícil de hacer. Pero si formas parte de un club en el que el país más grande te maltrata, lo razonable es distanciarte y buscar nuevos amigos. El secreto está en el ritmo y en el coste a pagar.

El economista Adam Posen calcula que los aliados tradicionales de Estados Unidos -la Unión Europea, Canadá, Japón…- saben que en el corto plazo dependen de Washington. Pero también que están condenados a abandonar un sistema en el que pagan muy cara una protección que ni siquiera está asegurada. Todo ello sin echarse en brazos de la otra superpotencia, China. ¿Cómo se consigue eso?

Mark Carney quizás no tenga la respuesta exacta, pero como demostró en enero en la cumbre de Davos, tiene algunas ideas claras para salir de este trance. Gobernador de dos bancos centrales -Reino Unido y Canadá-, Carney era el tecnócrata de urgencia para suceder al liberal Justin Trudeau. Pero no parecía el político capaz de imaginar un futuro para el orden post americano. Y, menos todavía, de tener el valor de contarlo en público.

Mark Carney en su llegada a Saint Pierre-et-Miquelon para ver a Macron
Mark Carney en su llegada a Saint Pierre-et-Miquelon para ver a Macron LUDOVIC MARIN / AFP

En Davos, el canadiense no habló de Trump. Pero denunció el uso de los aranceles y de las cadenas de suministro como armas de coerción política. Dibujó un escenario marcado por la rivalidad entre superpotencias en el que las potencias medianas -los middle powers – sobrevivirían solo si cooperaban en una alianza por la soberanía, los derechos humanos y el desarrollo sostenible. “Debemos actuar juntos porque si no estamos en la mesa, seremos el menú” dijo.

Respetado por la elite, agasajado por los políticos, Carney es la luz en la oscuridad trumpista

Carney tenía buenas razones para actuar como alumno aventajado. Trump amenaza con anexionar su país, le castiga con aranceles, cambia su geografía (de lago Ontario a lago América) y desprecia su cultura. Hoy el primer ministro tiene que cambiarle la brújula a una economía que ha trabajado durante un siglo pensando que el núcleo de su política era integrarse con el gran vecino del sur. Cambiar eso sin que le devoren no será nada fácil.

Por todo ello, Carney no ha dejado de correr. De jugar con las cartas que tiene (la energía, minerales, tierras raras). De conseguir que hoy se hable de Canadá, un país de solo 41 millones de habitantes. Ha buscado inversores bajo las piedras para grandes infraestructuras. Y ha escenificado una historia de atracción mutua con la UE en la que se ha hablado de convertir al país norteamericano en el primer “miembro asociado de la UE”.

En todo ese período, Carney no ha dejado de irritar a Trump. Lo encolerizó el día en que Canadá, a diferencia de la UE de Ursula von der Leyen, respondió a sus aranceles con represalias. Y calificó de ridícula y de “acto hostil” la ceremonia de elogios mutuos que el canadiense y la alemana se cruzaron en el Parlamento europeo el 17 de septiembre.

En la geopolítica de hoy, Carney sería como el Correcaminos de la serie de dibujos animados que triunfó en la televisión analógica de los años 60 y 70, en la que esta ave del desierto es perseguida de forma incansable por un coyote del que escapa siempre en el último segundo.

En esta carrera, Carney ha sabido utilizar las palabras apropiadas. No habla de un mundo feliz, pero sí de un mundo de reglas. No dice que el pasado fue ideal, pero sí previsible y menos cruel. Parece un destello de luz en la oscuridad de un trumpismo que potencia el caos y la extrema derecha en Europa y Latinoamérica.

La estrecha integración de las economías de Canadá y EE.UU. hace muy difícil sus objetivos

Carney fascina al mundo liberal por sus formas de banquero educado. Sus siete años en Goldman Sachs le han enseñado a moverse. La elite le respeta. Los políticos le agasajan. El culto al canadiense revela cierta nostalgia por un mundo que ahora pensamos que fue mejor. Y tampoco le va mal en casa: el político ha reavivado el alma anti americana entre los canadienses, que le apoyan en un 70%.

En realidad el desafío de Carney es enorme. En Bruselas nadie sabe qué quiere decir “miembro asociado” y hay países que temen esa asociación para no enfadar más a Trump. Carney necesita traducir todos los elogios en acuerdos comerciales. Y la imbricación de Canadá con la economía de EE.UU. es tal, que revertir esa situación puede llevar décadas. Pero como en la historia del Correcaminos y el señor Coyote, todos desean que Carney lo consiga y les lleve, más pronto que tarde, a nuevas praderas. ¡Bip, bip!

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