Paz López y la seducción: “Cuando queremos conocer demasiado al otro, llega el fin del amor”

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Paz López y la seducción: “Cuando queremos conocer demasiado al otro, llega el fin del amor”

Entrevista

La escritora chilena publicó el pasado junio  en España ‘Pánico y ternura’

Paz López es académica de la Universidad de Chile, doctora en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte

Paz López es académica de la Universidad de Chile, doctora en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte

Luis Gaspar

Sofía Macías

23/09/2026 06:40 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

El desastre de levantar el velo, bailar sola con las persianas cerradas, la paciencia de la ternura, los ojos del otro y Nick Cave atraviesan el universo de Paz López (Santiago de Chile, 1981). Ensayista y académica de la Universidad de Chile, es doctora en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte. El pasado junio publicó en España Pánico y ternura (Lumen), un ensayo profundamente honesto, lúcido y sensible sobre los afectos y sus contradicciones. Más que resolver esos enigmas, nos quedamos un rato en ellos.

¿Cómo conviven la ternura y el deseo?

Si bien la ternura no ha sido un gran asunto de la filosofía, el psicoanálisis sí se aproximó a ella. Freud, por ejemplo, veía la ternura y el deseo como dos cuestiones completamente opuestas. El deseo tiene algo mucho más ambivalente, a veces incluso medio destructivo: no paramos nunca de desear. En cambio, hay algo en la ternura mucho más paciente, mucho más cuidadoso con eso que no conocemos del todo. Hay un poema que aparece en el libro, El don de la ternura, de Raymond Carver. Está con su pareja y él reconoce que probablemente nunca sepa realmente qué le pasa a ella. Nunca podemos acceder del todo al otro, y eso no importa. Eso me fascina: la ternura no tiene que ver con comprender ni con ponerse en el lugar del otro, sino con cuidar eso que jamás vamos a conocer. Es un cuidado del enigma.

La escritora publica un ensayo profundamente honesto, lúcido y sensible
La escritora publica un ensayo profundamente honesto, lúcido y sensible Luís Gaspar

Si conocemos lo suficiente al otro como para saber qué decir o qué hacer para seducirlo y conseguimos que nos elija, ¿hasta qué punto esa elección sigue siendo completamente suya?

Hay una frase de Natalia Ginzburg que dice que, cuando queremos conocer demasiado al otro, llega el fin del amor: creemos que ya lo conocemos y dejamos de preguntarle, de mirarlo. Me parece bonito que la seducción siempre suponga un momento de oscuridad, de niebla. Cuando uno seduce también se tira a la piscina. Puede creer que ciertos gestos pueden interesarle al otro, pero uno va desnudo al encuentro. Me gusta pensar la seducción como un riesgo: ir hacia el otro sin tener idea de qué va a pasar.

¿Cuánto inventamos de las personas que amamos?

Mucho. Pero, más que inventar, pienso que para poder amar hay que mantener un pequeño velo. Cuando levantamos el velo de la persona que amamos, empezamos a ver cosas que nos desenamoran. El desamor empieza cuando uno comienza a detectar ciertos gestos del otro: la manera en que masca, en que habla, en que mueve la boca… Cuando uno empieza a ver esas cosas es porque ya levantó el velo. Se trata de dejar al otro con su velo puesto, porque, si no, es el desastre. Y, por supuesto, ocurre lo mismo con uno: el otro también nos pone un velito.

No solo idealizamos al otro, sino que también estamos siempre preguntándonos cómo ese otro nos ve”

¿Podemos amar a alguien sin idealizarlo un poco?

No solo idealizamos al otro, sino que también estamos siempre preguntándonos cómo ese otro nos ve. Son puros juegos de espejo. Cuando he sentido el pinchazo del desamor es cuando empiezo a ver cosas, cuando decido levantar el velo. Para amar hay que entrecerrar los ojos.

¿Encontramos hermoso lo que amamos o amamos aquello que encontramos hermoso?

Creo que para amar algo no solamente debemos encontrarlo nosotros hermoso, sino también tener datos de que tiene algo hermoso para los otros. Uno se enamora de alguien, pero también está viendo cómo los demás lo ven. Estamos atravesados por miradas por todos lados. Pero creo que el amor es una mirada que evita mirar al otro como un quiste a punto de explotar, como digo en el libro. La mirada amorosa embellece, cuida, intenta no aumentar el daño, no aumentar la herida.

También pienso que la soledad es algo que hay que saber proteger”

¿Crees que hay una soledad que nos acompaña toda la vida?

Sí, hay algo de la soledad que es muy constitutivo, pero también lo es nuestra dependencia de los otros. Estamos siempre entre esos dos movimientos. Nacemos arrojados a las mareas de la vida, pero por eso mismo necesitamos las manos del otro, su cuidado, su palabra, su mirada. También pienso que la soledad es algo que hay que saber proteger. Es un espacio de intimidad, de silencio, que incluso puede ocurrir estando con otro. Un momento en el que se apaciguan el ruido y las miradas, una suerte de remanso. Incluso cuando estamos solos seguimos imaginando las miradas de los demás. Hay cosas que nos dan vergüenza en la máxima soledad.

A veces hasta bailar sola en una habitación puede dar vergüenza.

Estaba pensando en la misma escena. Me pasa lo mismo. Puedo estar sola, con las ventanas y las cortinas cerradas, sin que nadie me vea, y de repente empiezo a bailar y pienso: “Pero qué vergüenza”. Para sentir vergüenza siempre tiene que existir la idea de que alguien nos está mirando. La vergüenza nunca es sola: siempre hay unos ojos que podrían estar mirándonos. Por eso la soledad nunca es la desaparición del mundo. Incluso cuando no hay nadie, uno siente los ojos. Estamos hechos de los ojos del otro.

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 ¿Superamos el dolor cuando empezamos a olvidar cómo se sentía?

Creo que no. Hay dolores de los que uno sale y otros más existenciales. Uno puede estar alegre y sentir que de fondo persiste una suerte de tristeza o de melancolía. Hay que poder hacer algo con nuestros dolores. Pero también creo que hay mucho desprecio por el dolor y por el sufrimiento. Las retóricas contemporáneas del bienestar, del “tú puedes”, del “si te lo propones, vas a lograrlo”, han hecho que el dolor pierda un sentido. No creo que haya que sacárselo de encima urgentemente. El sufrimiento también es constitutivo de lo humano. La pregunta es qué hacemos con ese sufrimiento.

En el libro hablas de Nick Cave y de la muerte de su hijo. ¿Hay alguna canción suya a la que vuelvas siempre?

I Need You. La escucho mucho. Soy bien repetitiva con la música: puedo escuchar sus discos o una sola canción en loop. No suelo ser demasiado fan de nadie, pero cuando Nick Cave vino a Chile conseguí estar casi en primera fila. Ahí me desconozco un poco en esa posición. Su música tiene algo hermoso, pero también algo fragilizante.

¿A qué huele tu infancia?

A jugo de naranja y avena. Mi madre preparaba el desayuno por las mañanas: nos hacía Quaker, avena con fruta, naranja, nueces… Tengo muy marcado despertarme con ese olor. Quizás ese sea uno de los olores de mi infancia.

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