Salvador Alemany: “Nunca he sido partidario de arreglar las cosas con planes de austeridad”
Por Maricel Chavarría Espuny — Portada
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Relevo en el Liceu
El presidente de la Fundació del Gran Teatre hace balance de una década al frente de la institución

Salvador Alemany se despide del Liceu después de una década al frente de su Fundación
Llibert Teixidó

Barcelona
22/09/2026 19:10 Actualizado 22/09/2026 19:35 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Cogió el Liceu con un déficit estructural de cuatro millones de euros y lo deja una década después con las cuentas en equilibrio. Salvador Alemany (Barcelona, 1944) siente que ha cumplido como presidente de la Fundación del Gran Teatre, un cargo del que le releva esta misma semana la actual presidenta del consejo de mecenazgo de la entidad, Helena Guardans. El suyo ha sido un periodo de superación.
¿De superación y de seducción de las administraciones?
Es que la situación contrastaba con su respuesta, especialmente la de Madrid: desde el Ministerio sostenían que no lo entendían. Yo entonces todavía estaba en el consejo de mecenazgo, pero hacía de presidente porque Joaquim Molins no podía seguir. Y constituimos una comisión para poner en claro los números y les preguntamos… ‘¿vosotros pensáis que ponéis mucho o poco?’. El siguiente paso, para mí crucial, fue determinar qué porcentaje del presupuesto teníamos que cubrir con ingresos propios y qué porcentaje vendría de las subvenciones. Acordamos que con nuestros ingresos siempre superaríamos en un euro o más lo que pidiéramos a la administración.
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Eso que parecía novedoso ahora queda obsoleto: los teatros persiguen un porcentaje del 33% de ayudas públicas.
Depende de con qué teatro nos comparemos. Aquí veníamos de tener entre un 60% y un 70% de ayudas públicas y pasar al 50-50 era un progreso. Entonces gobernaba el programa artístico. Teníamos que hacer un programa que generase ingresos y no rompiera el presupuesto de gasto. Nunca he sido partidario de arreglar las cosas con eficiencias de gasto y un plan de austeridad. No he creído en reducir por ejemplo un 10% el gasto. Siempre he pensado que había que tener la estructura necesaria para hacer aquello que estamos haciendo y más, si era posible. Así que revisamos todas las unidades de los departamentos para trabajar mejor. Mejor quiere decir más libres, más desenfadados. Haciendo balance, pasamos de gestionar con precariedad a un sistema de gestión con alegría de crecer.
Roger Guasch, el entonces director general, había aplicado el tijeretazo previamente en la estructura de la casa.
Sí, jugó duro, tuvo que hacer una gestión de ese tipo, pero de seguir recortando nos habríamos hecho daño. Sobre todo por la reacción interna. No era la política más adecuada. Tanto en el Liceu como en Saba o Abertis, siempre me ha interesado pensar en qué podíamos hacer más con lo que éramos y no pensar en cómo reducirnos para hacer lo que hacemos, porque eso nos acabará matando las cuentas de explotación y condicionando el estado anímico colectivo. La clave fue poder decir a las administraciones que con deuda no trabajábamos bien. Que nos ayudaran. Y nosotros pondríamos de nuestra parte. Siempre lo hicimos a medias.
A mí Wagner me parecía muy largo pero di el salto con ‘Parisfal’ en Montserrat”
¿Cuál es el poder que tiene la ópera en nuestras sociedades para que las administraciones no puedan negarse a contribuir?
Es significativo, sí. Es así primero por tradición. La clásica responde al prestigio y la reputación del país. Si has tenido imperio, si te preocupa el legado que has recibido, a las administraciones les preocupa, porque lo ven como algo genuino de la mejor tradición europea. Eso en Estados Unidos lo hacen porque todo el mundo gana. Pero aquí es por el sentimiento de que eso no puede dejarse caer. ¿Por qué van los políticos al Liceu o al Real…? Porque es un lugar al que hay que ir. Ellos lo hacen por las elecciones y parte de la sociedad va por reputación. Claro que muchos que han venido por razón de imagen o relacional, se han acabado enganchando. Y a mí me interesa valorar eso. A mí Wagner me parecía muy largo. Y eso es un tópico. Di el salto con Parsifal en Montserrat. Ahora me parece extraordinario Wagner.

Su sucesora tiene sobre la mesa una reformulación del derecho real de servidumbre personal que ostentan los antiguos propietarios del Liceu sobre determinados palcos y butacas.
La Societat del Gran Teatre (los antiguos propietarios) ha vivido siempre con una praxis que permite el pacto de 1998. Es decir, en 1994 se acordó, por ejemplo, que la transmisión del derecho tenía que ser de padres a hijos, herederos, etc. Y a partir del 98, cuando se produjo la rebelión dentro de la propia Societat porque no les interesaba ese pacto, se introdujeron cambios para ganar posiciones cualitativas. Pero la base, que son los descuentos y la prioridad de acción, siempre se ha mantenido. Las administraciones siempre les reconocieron que fueran los que pusieron en contribución la finca y la prima de seguro. Y los pactos hay que cumplirlos. Pero incluso antes de que yo llegara al Liceu se planteó la idea de que el Dret Civil Català no contempla los derechos perpetuos. Y eso creó inquietudes en el Liceu y las administraciones sobre si ese estatuto era legal, y las relaciones comenzaron a friccionar. En un momento dado se subastaron palcos o butacas de los Millet. Y el consorcio se las quedó. Y fue comprando derechos de manera pacífica. Y a la Societat le molestaba. Luego, algunos del Liceu, entre los que me incluyo, pedimos como mínimo transparencia sobre quién tenía derechos. Y ahora hemos abierto una etapa de querer poner negro sobre blanco y acabar con la discusión manteniendo la frescura que ha tenido siempre esta relación. Yo sigo diciendo que es un activo para el Liceu. Porque no se trata de subastarlo siendo conscientes de que se trate de personas que aman la música. Y eso es una historia de voluntades, no de normas, no de leyes. Hemos creado una comisión mediadora; nosotros aceptamos el resultado pero la Societat lo ha discutido. Y estamos en ese momento. Yo estoy convencido de que lo reconduciremos, porque lo esencial, lo que tienen ellos, y que nos permite también un cierto aforo automático, tampoco debemos perderlo. Ellos mismos han de ponerse de acuerdo, porque todos están a favor de hacer fuerte la Societat. Pero unos basándose en lo más ancestral, en lo más legítimo, y otros son más pragmáticos y ven que en lugar de perpetuos pueden llamar a esos derechos indefinidos o lo que sea, mientras les permita continuar.
¿De crearse el Liceu Mar, ese derecho real es extensible a ese otro equipamiento?
No está escrito, pero ellos tienen el derecho sobre el continente de la Rambla, lo cual les da espacio en el contenido. El Liceu Mar sería otra historia. No será necesario hacer otra fundación, pero allá no tendrán descuentos ni prioridades.
El patrocinio ha de ser auténtico. Si quieres patrocinar, pagas, no hagamos tonterías”
¿Los objetivos del mecenazgo que se había fijado responden a la realidad?
En la temporada 2016/17 suponía el 5,9% de presupuesto, y en la que ahora cerramos ha sido del 9,2%. No está mal. Pero depende de las expectativas que te hayas creado: si quieres que esto sea el Teatro Real, que mueve a la monarquía y a las empresas del Ibex… hay que ser consciente de que las motivaciones en Madrid son mucho mayores que las de aquí. En cambio, nosotros tenemos más apoyo de las administraciones de aquí que la que dispensa el Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid. Y el Ministerio oficialmente hace lo mismo por el Real que por nosotros. Y eso no era así. Esa diferencia no podía continuar. Por lo que respecta al mecenazgo privado, antes había mucho pago en especies, y ahora eso no está bien visto, porque si lo que van a hacer es comprarnos cinco butacas que podríamos poner a la venta… Queremos que el patrocinio sea auténtico. Si quieres patrocinar, pagas, no hagamos tonterías, que tampoco convienen a la economía de mercado.
¿Qué imagen cree que del Liceu tiene la ciudadanía en estos momentos?
En general creo que el Liceu en nuestra sociedad está bien visto. Puede haber críticas puntuales por una producción…
O por aplicar precios dinámicos hasta disparar las entradas…
Esta medida de subir cuando tengamos el 70% vendido no me parece tan mal. El Barça también lo hace.
El Barça no es ‘de tots’.
Es verdad, no es un buen ejemplo. Pero si necesitas llenar, has de tener un cierto concepto de mercado. Porque si no la gente deja para el final la compra de entradas. Si tienes una conducta de mercado sin abusar –espero que no abusen–, tiene un sentido de estímulo para proveer con antelación. Me preocupa más la política a la baja: si bajas mucho los precios en last time para llenar el aforo, nos estamos engañando y puede dañar al abonado y el usuario que ha sido previsor. Eso hay que vigilarlo.

Maricel Chavarría
Es redactora de La Vanguardia desde 1989, responsable en los últimos años de las áreas de ópera, danza y música clásica para la sección de Cultura. Anteriormente se especializó en temas de igualdad entre sexos y solidaridad. Ha publicado series sobre la prostitución y la evolución de las costumbres sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, en la comarca del Baix Ebre, es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York
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