Diario de una buceadora, 4: Nadar con delfines
Por Mayka Navarro Miranda — Portada
Diario de una buceadora, 4: Nadar con delfines
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Durante cinco días bucearemos en uno de los escenarios marinos mejor conservados y fascinantes del planeta, el Mar Rojo
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Barcelona
22/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Hay encuentros bajo el agua que buscas durante años y otros que suceden porque eres una afortunada. Nadie puede garantizártelos y quizás por eso, cuando ocurren, se quedan contigo para siempre.
Aquel día fueron ellos los que aparecieron.
Una veintena de delfines mulares salvajes, libres, haciendo exactamente lo que les daba la gana. Nos metimos en el agua con aletas, máscara, tubo y todo el respeto del mundo para verlos de cerca, en su hábitat natural.
Esa mañana, Vito ya nos había dado en el barco una charla sobre cómo debíamos comportarnos si teníamos la suerte de encontrarlos. Nosotros nos limitaríamos a observar. Los delfines marcarían la pauta. Si se sentían a gusto y seguros, se acercarían. Y, ante todo, no se podían tocar.
La tripulación realizó el avistamiento y nos echamos al agua. Al principio observamos a una distancia prudencial.
El grupo estaba en pleno cortejo de una hembra. Varios machos nadaban alrededor de ella, se perseguían, se rozaban, la mordían y alguno copulaba con ella mientras el resto entraba y salía de escena. Todo ocurría a escasos metros de nosotros, que intentábamos mantenernos al margen de una intimidad salvaje que, por algún motivo, aquellos animales parecían dispuestos a compartir.
Fue mágico.
Y empezó el juego.
Uno se acercaba, te miraba y desaparecía con dos movimientos de cola para regresar segundos después. Otro pasaba por debajo. Otro por encima. Había momentos en los que no sabías hacia dónde mirar porque estaban por todas partes. De repente, uno se colocaba justo debajo de tus aletas y te lanzaba burbujas a la cara. Parecían observar cómo subían hacia la superficie. Regresaban. Más burbujas. Más carreras. Más vueltas alrededor.
Hasta que apareció el juguete.
Un pequeño trozo de coral que uno de los delfines llevaba consigo. Lo soltaba, otro lo recogía y volvía a dejarlo caer. En algún momento aquel pedazo de coral empezó a viajar también hacia nosotros. Como una pelota que pasaba de unos a otros en mitad del mar.
No hubiera salido nunca del agua. Quería que aquello no terminara. Es difícil explicar lo que se siente cuando un animal salvaje decide quedarse. Maldije ser tan torpe y no tener la habilidad de descender unos cuantos metros a pulmón para bailar con ellos debajo del agua.
Pero la visión desde la superficie, flotando con la cabeza metida en el agua, era igual de emocionante. Los delfines seguían acercándose, mirándonos, jugando y regresando una y otra vez.
No me quito de la cabeza el juego de las burbujas y aquel trozo de coral. Sus cuerpos pasando a escasos centímetros, casi rozándome. Y sus miradas, esas que parece que te lo dicen todo y hasta sonríen.
Recuerdo sacar la cabeza del agua y escuchar las risas de felicidad del resto del grupo. Y volver a sumergirla para escuchar ese sonido inconfundible de los delfines, sus silbidos y chasquidos atravesando el agua.
Fuimos a buscar delfines y durante un rato fueron los delfines los que parecieron querer quedarse con nosotros.

Mayka Navarro
Redactora de sucesos
Escribe y cuenta historias de la mala vida desde que empezó en el oficio del periodismo, desde los tiempos del fax. Autora de ‘Desmontando el crimen perfecto’. Convive con dos perros, Simón y Lola; y con todo por aprender
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