Por Immaculada Monsó FornellPortada

Immaculada Monsó Fornell

Imma Monsó

La tecnología no es el problema 18/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Hace tiempo que uso el libro electrónico porque necesito leer con tipos de letra grandes. Nunca tendrá el encanto del papel, pero tiene una gran virtud ausente en el resto de dispositivos electrónicos: carece de conectividad. O, por decirlo con más precisión: tiene una conectividad mínima. Su punto fuerte es, precisamente, que le falta lo que sí tienen todos nuestros artilugios. Ahora que hasta la raqueta matamoscas tiene conectividad, el libro electrónico, que fue diseñado para­ comportarse de la forma más parecida posible al libro de papel, proporciona un confort y un aislamiento privilegiados.

   
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Con él en las manos me siento segura, concentrada y atenta. Su pantalla no me extorsiona con algoritmos que miden las interacciones y tratan de arrastrarnos a un bucle infinito de contenidos que, al permitirnos navegar gratuitamente, nos han convertido en el ganado de una granja de datos global. Y si bien es cierto que los modelos más vendidos están vinculados a grandes gigantes tecnológicos (Amazon y Rakuten), ambos se conforman con vendernos el libro y dejarnos en paz en lugar de darlo todo gratis (redes sociales) para después chuparnos la sangre, el tiempo y la atención. En la red, lo gratuito se paga con creces. El engagement (probablemente el peor enemigo de la humanidad hasta la fecha) nos hace esclavos de un modelo de negocio insaciable que necesita tenernos pegados a la pantalla el mayor tiempo posible.

El e-book no me extorsiona con algoritmos que tratan de arrastrarnos a un bucle infinito de contenidos

El e-book, un oasis de discreción, me lleva a pensar lo que podrían haber sido las redes si se hubieran quedado como eran al comienzo: un patrón de conectividad limitada y unos algoritmos honrados. Así de inocente fue Facebook en sus inicios: una red que pretendía servir para lo que servía: comunicarse con el grupo. Honestamente. Sin contenido adictivo, sin manipulaciones arteras.

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Y así habría sido si sus dueños hubieran renunciado a maximizar beneficios. Como esto es algo impensable en el sistema que nos ocupa, un modelo de pago podría haber reducido, al menos, la salvaje competencia por la atención a toda costa. Y con ello, suavizar la polarización brutal generadora de odio, la catarata de pornografía a la que están expuestos los menores y las tasas de enfermedad mental que se han quintuplicado tras la exposición digital. De paso, no habríamos llegado a ver cosas que nunca ojos humanos deberían haber visto, como las que ven a diario, estupefactos, estremecidos y asqueados, los moderadores de contenidos.

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