Resuelto el enigma de la temperatura corporal del T. rex: 36 grados
Por Rosa Rosa Martín — Portada
Resuelto el enigma de la temperatura corporal del T. rex: 36 grados
Paleontología
Científicos de EE.UU. demuestran que el tiranosaurio era un depredador activo de sangre caliente que pudo vivir en ambientes muy diversos

Tiranosaurio rex en el Museo de Historia Natural de Los Ángeles.
Stephanie Abramowicz. Museo Historia Natural de Los Angeles (EEUU)

16/09/2026 20:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Un equipo internacional de científicos ha logrado medir con una gran precisión la temperatura corporal del tiranosaurio rex, el icónico depredador que vivió a finales del período Cretácico, hace entre 68 y 66 millones de años. Gracias al análisis de isótopos en tres dientes se ha podido averiguar que su organismo tenía una temperatura de 36,3º C (con un margen de error de 2,5 grados), similar a la del cuerpo humano, lo que le habría permitido habitar en condiciones climáticas muy diversas y favorecer su expansión territorial por Norteamérica.
El trabajo, que se publica en la revista científica Science Advances, es el primero de estas características que se realiza con fósiles de T. rex y revela que habría sido un depredador o un carroñero enérgico y no un animal lento. “Aun siendo un reptil escamoso que pone huevos, su temperatura fue comparable a la de un mamífero peludo de sangre caliente. Los cocodrilos modernos son más fríos, entre 30 y 35 ºC, y las aves más calientes están entre 40 y 43 ºC, así que estos tiranosaurios habrían tenido que consumir mucha más comida para sobrevivir, manteniendo una actividad constante para alimentarse y migrar incluso a ambientes fríos”, explica a La Vanguardia Robert Eagle, geobiólogo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y coautor de la investigación.
Para conocer la temperatura de los grandes tiranosaurios que poblaron la Tierra antes de la gran extinción tras el impacto de un asteroide, los investigadores han utilizado tres piezas dentales que estaban en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Los Ángeles, procedentes del yacimiento de Hell Creek (Arroyo del Infierno) en Montana. Hace ya una década que se conoce la tecnología de la paleotermia de isótopos que permite averiguar si animales extintos eran de sangre fría o caliente, pero para usarla con el T. rex había que destruir más material del que ningún museo o institución estaba dispuesto a facilitar a los científicos, así que el equipo de la UCLA se centró en mejorar el proceso hasta lograr reducir la cantidad que precisaban en un 90 %.

La clave estaba en el esmalte, el tejido más duro del reino animal y una auténtica fortaleza contra el paso del tiempo. El método consiste en contar la abundancia de enlaces químicos entre variantes pesadas de carbono y oxígeno atrapadas en el mineral del diente. Cuanto más frío es el organismo, más enlaces se agrupan; a mayor calor, la agrupación disminuye. Para asegurarse de que los datos no eran producto de la contaminación del suelo tras millones de años bajo tierra, los científicos sometieron las muestras a un estricto control de calidad que demostró que la estructura química dental preservaba su “huella biológica” original. Para extraer el esmalte, utilizaron un taladro dental y disolvieron el polvo resultante en ácido fosfórico que liberó el dióxido de carbono, el gas que contenía los enlaces isotópicos.
El verdadero valor del hallazgo apareció al comparar al Thyrannosaurus rex con sus vecinos de ecosistema. Si sus dientes arrojaron una temperatura corporal de 36,3 °C, los de los cocodrilos que compartían sus ríos apenas llegaban a 30,9 °C. Esta brecha térmica demuestra que este dinosaurio, que podía pesar hasta nueve toneladas, no solo absorbía el calor ambiental de las llanuras del Cretácico, sino que poseía un metabolismo acelerado que generaba calor de forma interna al quemar energía, como los mamíferos depredadores actuales.

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Este calor interno podía hacer que no dependiera del clima exterior y tuviera una gran tolerancia ecológica. “No podemos estar seguros solo con la temperatura interior pero varias líneas de investigación apuntan en esa misma dirección; los tiranosáuridos parecen haber persistido todo el año en el Ártico (Alaska) y un animal de sangre fría de su tamaño no tendría esa capacidad.”, indica Aradhna Tripati, autora principal del trabajo y también investigadora climática de la UCLA. Tripati recuerda que no se han encontrado fósiles de lagartos, tortugas, cocodrilos u otros reptiles cretácicos en Alaska.
Estas conclusiones también cuadran con otras evidencias publicadas recientemente, que apuntan a que este linaje de dinosaurios pudo dispersarse desde Asia a América a través del Estrecho de Bering, lo que supondría que no se originó en este último continente como se pensaba. “Lo que no sabemos es cuánto alimento requeriría para mantenerse porque no conocemos su tasa metabólica, pero es un tema interesante para futuras investigaciones”, apunta Tripati. La científica destaca la relevancia de este trabajo para conocer mejor unos depredadores que forman parte de la cultura popular.
“La fisiología térmica determina el comportamiento, el área de distribución y la respuesta de una especie a un clima cambiante”, señala la investigadora. “Los dientes nos dicen ahora que era un dinosaurio más cálido que su entorno, que podía habitar en cualquier lugar del continente; en definitiva, un animal muy distinto a un reptil que toma el sol”.
El equipo adelanta que ya está trabajando para aplicar el mismo método a otras especies de dinosaurios de las que se conserva esmalte dental, además de seguir estudiando tiranosaurios de otros yacimientos.

Rosa M. Tristán
Redactora de temas ambientales y científicos
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