Malvinas: Del Make Britain Great Again (1982) al Make Argentina Great Again (2026)
Por Andy Robinson — Portada
Malvinas: Del Make Britain Great Again (1982) al Make Argentina Great Again (2026)
Nostalgia populista
Releyendo ‘Iron Britannia’ de Anthony Barnett, la historia se repite como tragedia más que farsa

Portada del diario The Sun en mayo de 1982 tras el hundimiento del Belgrano
archivo

16/09/2026 06:00 Síguenos en Google
Tras la decisión de Javier Milei de escuchar la voz de su amo en Washington y dar un giro de 180 grados para condenar la presencia británica en las Islas Malvinas, releí el pequeño libro Iron Britannia de Anthony Barnett. Compré el ensayo en Londres en 1982, meses después de la toma por los marines reales británicos de Port Stanley en junio del mismo año, tras una guerra innecesaria en la que murió un millar de personas. Por milagro, el libro, en edición de bolsillo, ha sobrevivido a lo largo de mis múltiples mudanzas, aunque las páginas amarillentas se caen al leerlas.
Barnett —actualmente fundador del medio digital Open Democracy— era entonces uno de los cerebros, junto a Tariq Ali, Robin Blackburn, Perry Anderson y otros, de la revista New Left Review. Yo, en 1982, estudiaba en la London School of Economics y sufría en mis carnes el impacto del experimento socioeconómico thatcheriano que pronto me expulsaría de mi país, hacia España y, después, a la vida de nómada, tal y como se cuenta en un capítulo de este libro editado por Bruno Estrada de Comisiones Obreras.
Aunque se suele olvidar el matiz en el análisis histórico de la guerra de las Malvinas, la decisión de mandar la Royal Navy en la primavera de 1982 a unas islas a 11.000 kilómetros de distancia en defensa de 1.600 colonos no era un delirio solo de Thatcher. Michael Foot, el veterano líder laborista, no solo apoyó la guerra, sino que retó a Margaret Thatcher a demostrar “con hechos” su retórica bélica y hacer justicia a su apodo de Dama de Hierro. El “antifascista” Foot intentó convertirse en el Winston Churchill del momento, ironiza Barnett. Mandar la flota y desplegar los submarinos nucleares era un “deber moral”, según pontificó el líder laborista en el Parlamento. Sería el precursor de los neoconservadores británicos de Tony Blair por su insistencia en que “el Reino Unido tenía que defender los derechos de nuestro país como defensor de las libertades de los pueblos en todo el mundo”.
Los que nos opusimos activamente a la guerra en aquellos meses éramos una minoría muy pequeña y recuerdo participar en una manifestación contra la inminente salida de la flota de guerra desde el puerto de Portsmouth (actualmente escena de concentraciones racistas contra los inmigrantes). Desfilábamos por el embankment en la orilla del río Támesis cuando de repente aparecieron grupos de cabezas rapadas del National Front o del British Movement, que sujetaban pancartas que rezaban: “You’re going the right way to Traitor’s Gate”, (vais por el buen camino a la Puerta de los traidores), en referencia a la puerta de la Torre de Londres donde se ejecutaban a los supuestos traidores en los albores del Imperio británico. Sobre la guerra en Malvinas, Foot, el antinazi, tenía el mismo discurso que Enoch Powell y los neonazis.
“You’re going the right way to Traitor’s Gate”, rezaban las pancartas neo nazis
Lo que me llamó la atención al revisitar el inteligente análisis de Barnett centrado en la motivación neochurchilliana del Parlamento británico al apoyar la guerra de Thatcher es lo mucho que recuerda el discurso actual de Trump y de Milei. Entonces Thatcher aprovechó la oportunidad que le regaló el general Galtieri de ir a la guerra con el fin de crear un símbolo de la recuperación de la grandeza británica y el fin del declive imperial de la posguerra. Las Malvinas serían el escenario perfecto para el plan de Make Britain Great Again, aunque fuera solo para las portadas del diario murdochiano The Sun, con su infame titular Gotcha (¡Toma ya!) tras el hundimiento del buque General Belgrano con un saldo de 300 muertos argentinos. Porque, a diferencia de Suez en 1956, Thatcher sabía que Washington no se molestaría por la nostalgia imperial de una potencia caduca con un gran futuro a sus espaldas, por citar a Oscar Wilde. “Maggie quiere una pelea”, ironizó Ronald Reagan en el preámbulo de la guerra, escéptico pero dispuesto a tolerar el capricho de su amiga y del junior partner.
“No eran los habitantes de las Malvinas lo que importaba a Thatcher sino la recuperación del orgullo británico”, escribe Barnett. Era el proyecto de “un populismo autoritario, un militarismo ceremonial, una nostalgia victimista” que tapaba la realidad de “salarios más bajos, y menos empleo”. El ambiente de nostalgia por la grandeza perdida que se palpó en el Reino Unido aquel año (y que sembró las primeras semillas de mi plan de escaparme a Barcelona) se describe en la triste balada de Robert Wyatt Shibulding que, puede escucharse aqui·
“¡Pronto estaremos construyendo barcos otra vez!”, anuncia alegremente en la canción un habitante de una de las ciudades británicas cuyos astilleros han cerrado antes o durante el ajuste thatcheriano. “¿Pero no entiendes que la gente va a morir debido a nuestro shipbuilding?”, responden.
Es precisamente el populismo autoritario, el militarismo imperial y el marketing de nacionalismo nostálgico lo que Trump utiliza en su proyecto de Make America Great Again,. Y, aunque siempre con el permiso de Trump, el plan de Milei, de Make Argentina great again , repite la tragedia, tal vez como farsa o tal vez como una nueva tragedia. Un plan, aún menos creíble que el de Thatcher o Trump, de restaurar las glorias del pasado de Argentina mediante la recuperación de una economía decimonónica basada en los bajos salarios, la desregulación y la exportación de commodities.
Milei arrancó su discurso sobre las Malvinas , tras comprobar que Trump habia anuncado una posible revisión de la postura de Washington, con la misma frase que la selección del Mundial: “Las Malvinas son argentinas”. Después anunciaría sanciones contra empresas —una británica y otra israelí— que llevan a cabo exploración petrolífera en el Atlántico Sur perteneciente a las Malvinas, donde yacen, según los cálculos de estas empresas, reservas offshore con casi 900 millones de barriles de petróleo, cuyo valor supera los 3.500 millones de dólares. Argentina desplegará “todas las herramientas del Estado en defensa de la soberanía argentina sobre las islas”, anunció Milei
El giro no deja de llamar la atención, porque el presidente autoritario-libertario ha sido un ferviente admirador de Margaret Thatcher. Defendió al inicio de su presidencia mejorar las relaciones con el Reino Unido, buscar inversiones británicas y no permitir que los sentimientos nacionalistas estorbasen la desregulación de la economía argentina para que las multinacionales exploten sus recursos energéticos y naturales. Milei hasta planteó en algún momento reconocer el derecho de autodeterminación de, los actualmente 3600 habitantes de las Malvinas, llamados así por la abundancia de algas kelp en las islas.
Milei incluso apoyó un acuerdo del gobierno de Mauricio Macri, que reconocía las inversiones británicas en las islas en pesca y energía. Tras hacer migas con el entonces ministro de Exteriores, David Cameron, en Davos en 2024, el actual defensor de la soberanía argentina sobre las islas no pronunció ni una palabra de protesta cuando el ex primer ministro visitó las islas unos meses después.
El recurso a la “cortina de humo” de Milei —cuya popularidad se desploma en las encuestas, con el 57 % ya en contra de su reelección— recuerda mucho a lo que hizo Thatcher. La rápida rendición de la fuerza de ocupación argentina serviría para mejorar la pésima valoración de Thatcher en las encuestas, fruto de uno de los primeros experimentos neoliberales de terapia de shock, un ajuste draconiano que, en nombre de la lucha contra la inflación, echó a cuatro millones de trabajadores a la calle y aumentó un 75 % las quiebras empresariales.
Barnett describió en Iron Britannia cómo funcionó la distracción: “En un sentido, el timing de la guerra fue accidental, determinado por la coyuntura en Argentina y las tensiones dentro de la junta militar. Pero, en otro sentido, no pudo haber llegado en un momento más oportuno para Thatcher. El Partido Conservador tiene una popularidad tozudamente baja, a pesar de una cierta recuperación ligera, desde el nadir del invierno. El ejército de desempleados se sitúa oficialmente en 3 millones, aunque en realidad 4 millones, y, al mismo tiempo, las bancarrotas empresariales han alcanzado cinco mil quinientos en el primer semestre de 1982, un aumento de 75 % frente al año anterior. Durante los tres meses de la guerra, 226 compañías suspendieron pagos cada semana, y un diluvio de capital se fugó en inversiones offshore”.
La Dama de Hierro logró convertir la victoria británica en un símbolo de supuesto renacimiento nacional. “Gran Bretaña ha dejado de ser un país en retroceso”, proclamó la Dama de Hierro en el verano de 1982, elogiando “el espíritu del Atlántico Sur asemejando la “raza insular” de los entonces 1800 kelpers a la propia identidad británica. “Lo cierto es que las fuerzas aéreas argentinas —que hundieron el buque HMS Sheffield y otros— habrían convertido la muestra de fuerza thatcheriana en una debacle de no ser que muchas de las bombas que cayeron sobre los barcos británicos no se explotaron”, recuerda Barnett.
44 años después, la apuesta de Milei es muy parecida. Necesita otro “espíritu del Atlántico Sur” para revertir el colapso de su popularidad tras un draconiano ajuste antiinflacionista inspirado precisamente en el modelo thatcheriano. Desde que Milei asumió la presidencia en 2023 se han destruido más de 200.000 puestos de trabajo. “El Gobierno tiene urgencias por lo económico y tiene urgencias por lo electoral”, me dijo Edgardo Esteban., excombatiente en la guerra de las Malvinas y exdirector del Museo de las Malvinas. “Por eso vuelve para atrás todo lo que dijo antes”.

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