La nueva era de los oradores
Por The Economist — Portada
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La sociedad digital
A medida que disminuye la lectura, las ideas se transmiten cada vez más a través de la palabra hablada

El activista ultraconservador Charlie Kirk, dirigiéndose al público en la Utah Valley University en 2025, antes de ser tiroteado
Tess Crowley / Ap-LaPresse

16/09/2026 06:00 Actualizado 16/09/2026 06:16 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Un año después de que Charlie Kirk fuera asesinado en pleno discurso, la conversación que inició sigue viva. En el aniversario de su muerte, el 10 de septiembre, aliados de este activista y polemista conservador celebran un mitin a cinco minutos andando del lugar donde fue asesinado, en la Universidad del Valle de Utah. El acto es la última reunión estudiantil organizada por el grupo que él fundó, Turning Point USA, cuyo objetivo es abrir los ojos a los jóvenes liberales (o, en su defecto, provocarles para conseguir clics)
Las espantosas circunstancias de la muerte de Kirk —asesinado en público, presuntamente por un joven que pronto será juzgado— dispararon su fama. Pero el movimiento que inició forma parte de una tendencia más amplia. A medida que el público abandona los libros y los periódicos en favor de los vídeos cortos y las redes sociales, el mundo está entrando en una nueva era de los oradores.
Las ideas que antes se difundían a través de titulares y columnas ahora se transmiten mediante vídeos en TikTok y pódcast. A medida que la gente pasa más tiempo pegada a las pantallas y auriculares, la voz humana está resurgiendo. Esto tiene consecuencias en la forma en que las personas se comunican y, quizá, en los tipos de ideas que se propagan.
Hay señales de que la tendencia hacia la lectura que ha durado 500 años podría estar dándose la vuelta
El planteamiento de Kirk, sentado en una mesa bajo un cartel que retaba a los transeúntes con un “demuéstrame que me equivoco”, recordaba a una cultura política de tiempos mucho más antiguos. En la época en la que los manuscritos eran copiados laboriosamente por escribas y leídos solo por una élite diminuta, quienes querían compartir noticias o ideas debían hacerlo oralmente. Solo con la invención de la imprenta y la expansión de la alfabetización las masas empezaron a recibir información a través de textos. Quienes buscaban influir sobre otros dejaron a un lado sus cajas de mítines y sus altavoces y pasaron a escribir panfletos y artículos.
Ahora empiezan a aparecer señales de que la tendencia hacia la lectura que ha durado quinientos años podría estar dándose la vuelta. En todas partes, la gente advierte sobre un descenso en los niveles de lectura. Los padres se ven obligados a insistir para que sus hijos cojan un libro; los profesores se desesperan porque los alumnos no son capaces de terminar las lecturas obligatorias. Una vez que llegan a la edad adulta y dejan de estar presionados por profesores o padres, muchas personas abandonan la lectura por completo y en vez de relajarse con un libro de bolsillo, prefieren dejarse llevar por vídeos verticales en el móvil. Más de la mitad de los adultos estadounidenses afirma no haber leído ni un solo libro por placer en el último año.
El pánico se resume en Las nuevas edades oscuras, un alegato escrito por James Marriott, un periodista erudito de The Times. Con 33 años, Marriott es coetáneo de Kirk, aunque ha adoptado costumbres mediáticas de otra época: prescinde del teléfono inteligente y escribe los borradores en una máquina de escribir electrónica. Reúne pruebas sobre el declive de la lectura y apunta principalmente a los teléfonos inteligentes como los principales “depredadores de nuestra atención”. “Dickens escribía con la convicción razonable de que [su obra] podía ser el entretenimiento más absorbente de tu casa —de ahí que una novela promedio de Dickens tenga unas 800 páginas”, señala Marriott (quien aprovechó para leer La pequeña Dorrit como evasión mientras trabajaba en su libro).

Basándose en Walter Ong, historiador cultural, Marriott explica cómo la escritura permitió a las culturas “externalizar” sus pensamientos, dando paso a ideas más complejas y permitiendo que estas se analizaran en profundidad. Ong escribió que los procesos mentales más sofisticados, como el razonamiento lógico y la categorización abstracta, derivan “no solo del pensamiento en sí, sino del pensamiento conformado por el texto”. Mientras que la comunicación oral suele emplear una estructura de “retroalimentación”, con el hablante divagando y repitiéndose a medida que perfila su argumento sobre la marcha, la escritura permite un razonamiento estructurado y lógico.
A medida que el público vuelve a consumir medios orales, algunos de esos rasgos propios de sociedades pre-alfabéticas vuelven a estar de moda. El estilo reiterativo, que resulta tedioso en la página escrita pero facilita que las ideas habladas se recuerden, ha resurgido gracias a los pódcast: Rogan, el podcaster más escuchado del mundo, a menudo charla con sus invitados durante tres horas. Kirk era un maestro de la réplica fulminante que, sobre el papel, podría no convencer, pero pronunciada ante una multitud entusiasta se convertía en un golpe oratorio definitivo. “Asume la responsabilidad de tus orgasmos y deja de eliminar a personas más pequeñas que tú”, le espetó a una estudiante pro-aborto desconcertada durante un debate sobre el aborto un par de semanas antes de su asesinato.
El giro hacia lo oral también ayuda a explicar el éxito de políticos como Trump, que por los estándares convencionales es un comunicador pésimo. En lugar de construir argumentos, Trump tiende a acumular afirmaciones: “Hemos logrado más que cualquier administración en la historia de nuestro país… No existe ningún país en la historia que siquiera se acerque… Nunca ha habido nada igual a lo que está ocurriendo en nuestro país”, dijo en un discurso a principios de este mes. Palabras así desafían toda credibilidad cuando se transcriben, pero Trump ha demostrado ser uno de los grandes comunicadores de su tiempo. Algunos incluso han comparado su manera de etiquetar a los enemigos —“Hillary la corrupta”, “Joe el dormilón” y así sucesivamente— con la de Homero, que empleaba epítetos como “Hera de ojos de buey” o “Cronos de retorcida astucia” para fijar a los personajes en la memoria del público.
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Todo esto resulta interesante para los lingüistas. Pero también puede tener implicaciones políticas. Mientras que el discurso escrito se maneja bien con ideas abstractas, la comunicación oral depende más de lo concreto y lo vívido. A veces esto se traduce en políticas reales. En su afán de proyectar dureza frente a la inmigración, Trump materializó la idea de un muro físico, y así fue, en parte, construido. Desde la mega prisión de Nayib Bukele en El Salvador hasta el templo hindú de Modi en Ayodhya, los políticos que recurren a símbolos tangibles para responder a problemas abstractos, a veces se ven obligados a hacerlos realidad.
Parte de la preocupación por el declive de la lectura está exagerada. Quien sienta nostalgia por los buenos viejos tiempos de los periódicos debería leer algunos del siglo XIX, antes de que los anunciantes y la necesidad de atraer a un público masivo obligaran a periodistas y editores a inventarse menos cosas. Los vídeos de enfado en redes sociales pueden desembocar en linchamientos virtuales; a partir del siglo XV, los panfletos furiosos impresos en las nuevas prensas incitaron a verdaderas cazas de brujas. Basta con retroceder apenas una década, cuando Twitter era ante todo una plataforma de texto, para comprobar que la comunicación escrita no siempre desemboca en debates pausados y matizados.
Sin embargo, el descenso en la lectura resulta inquietante. A medida que menos personas encuentran la paciencia para sentarse con un texto largo, menos serán capaces de absorber las ideas que mejor se transmiten por escrito. Los grandes oradores despiertan las pasiones, pero los grandes escritores agitan la mente. Kirk observó que “cuando la gente deja de hablar, empiezan a suceder cosas realmente malas”. Y tenía toda la razón. Pero ¿cuánto peor será cuando también dejen de leer?
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