Lo que queremos, en el fondo, son series de siempre (y bien hechas)
Por Pere Solà Gimferrer — Portada
Lo que queremos, en el fondo, son series de siempre (y bien hechas)
Opinión
Los votantes de los premios Emmy valoraron las series que les pusieron las cosas fáciles al sentarse en el sofá

Kate O’Flynn se ha llevado el Emmy a mejor secundaria de comedia por ‘La maldición de Widow’s Bay’.
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Barcelona
15/09/2026 14:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
The Pitt se ha llevado esta pasada madrugada su segundo Emmy consecutivo a la mejor serie dramática. No es inaudita esta clase de reválida en los premios de la televisión americana, tan acostumbrados a entrar en bucles y premiar el mismo título de forma compulsiva. Pero, sentado en el estudio de El món a Rac1 para comentar los premios, me ha llamado la atención el comentario de Isabel Garcia Pagan, subdirectora de esta casa: “La primera temporada me gustó bastante, posiblemente por romanticismo de Urgencias y compañía, pero en la segunda pensé… “nos estamos repitiendo”. No le falta razón.
El drama médico de R. Scott Gemmill tiene una estructura característica: cada temporada utiliza 15 episodios para narrar las 15 horas de un caótico turno de urgencias de un hospital de Pittsburgh. La concatenación de casos se puede convertir en predecible y, por supuesto, en ese turno siempre tiene que ocurrir una catástrofe o algún elemento ligado a la actualidad: esta vez tenían que trabajar sin el utilizar el sistema informático y el ICE entraba para llevarse a pacientes . No había el factor novedad ni las ganas de excederse en los arcos dramáticos de los médicos.
Que ‘The Pitt’ se repita con su segunda temporada quizá no es malo: es el secreto por el que gusta tanto
Sin embargo, decir que The Pitt es una serie repetitiva no me parece necesariamente un defecto sino la prueba de que tenemos entre manos una serie clásica. Y es que, por más que en estas últimas tres décadas se haya transformado (y deformado) nuestra idea de lo que es una serie, antes veíamos ficción por su condición predecible: simplemente queríamos volver a unos personajes cercanos y pasar un rato con ellos dentro de una estructura ya familiar.
Es conveniente enfrentar esta victoria a la derrota de Pluribus en la misma categoría, la serie de ciencia ficción de Vince Gilligan con un argumento tan original como estimulante: la humanidad se infecta con un virus extraterrestre que elimina la individualidad (o sea, toda la población comparte una misma conciencia) y una mujer, que no se ve afectada, se ve obligada a enfrentarse a la amabilidad de los vecinos.

Cada episodio busca la diferenciación, el desafío narrativo y de producción, la combinación de géneros. Y, a pesar de haberla visto (Gilligan se llevó el Emmy al guion y Rhea Seehorn a la mejor actriz), los votantes han dicho: “Eh, muy interesante, pero déjame votar la serie que me requiere menos esfuerzo mental al sentarme en el sofá y que no me da silencios con los que dormirme”. Pluribus se instala en la misma categoría que Severance: la de serie con pretensiones que se queda a las puertas precisamente por su exceso de originalidad.
Lo irónico es que hace diez años esta mentalidad habría sido impensable: cualquier título que oliera a drama generalista merecía cierta condescendencia, como si fuera menor, y ni de broma hubieran reconocido una serie de médicos a la vieja usanza. Pero tiene su lógica: la ficción televisiva está tan centrada en las series cortas y en la falta de constancia en sus emisiones (y la televisión en abierto de Estados Unidos cada vez es más light) que se quiere agradecer a The Pitt que sea clásica, que sea buena y que sea constante.
‘Widow’s Bay’ sobre el papel es original, al ser una comedia de terror, pero nunca se pasa de ambiciosa, teniendo claros qué referentes (accesibles) tiene
Este discurso también se puede aplicar a la victoria de La maldición de Widow’s Bay en comedia, la creación de Katie Dippold sobre una isla maldita donde sus habitantes están obligados a convivir con sucesos inexplicables y tragedias. Sobre el papel, su condición de comedia de terror la convierte en una serie distinta, sí, pero en ella está el costumbrismo excéntrico de Parks and Recreation, la escuela de series con pueblos pintorescos de Doctor en Alaska y un desarrollo de las tramas sin obstáculos, claras.
Imaginar otra La maldición de Widow’s Bay, de hecho, es posible: una con episodios más largos, más silencios y con exabruptos narrativos para acentuar las excentricidades y su condición de adulta, dándose más importancia, asegurándose de entrar en la lista de las series estupendas. Pero el secreto de Dippold es que es discreta, prefiere menos minutos y las tramas menos dispersas, y consiguió una serie equilibrada y sólida. No aspira a ser una obra maestra sino que se conforma con ser un buen entretenimiento y despertar simpatía con su galería de personajes.

Los premios Emmy, entre tanta oferta y tantas ínfulas y tantas temporadas breves, se quedaron con las series que les pusieron las cosas fáciles y cuyos personajes recordaban y sentían que conocían en el momento de las votaciones. Y su mandato, a la espera de que vuelvan a terrenos más curiosos (o directamente esnobs), es claro: “Queremos series de siempre (y que estén bien hechas)”.
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