Felipe Ávila*: La Revolución Popular de Independencia
Por Felipe Ávila* — La Jornada
l 16 de septiembre de 1810 estalló la revolución social de la cual nacería México como un país independiente, libre y soberano. El 27 de septiembre de 1821 se consumó la independencia, después de una guerra de 11 años que fue una gran revolución popular para liberarse del dominio español. Fue una masiva revolución popular en la que decenas de miles de hombres y mujeres, indígenas, mulatos, mestizos, criollos, comerciantes, arrieros, rancheros, mineros, curas y profesionistas engrosaron las filas insurgentes, siguiendo el llamado de Miguel Hidalgo, y conformaron un ejército popular que, en unos cuantos meses, hirió de muerte al régimen colonial y desmanteló un sistema social opresivo y excluyente.
La lucha encabezada por Hidalgo y continuada por Morelos fue un movimiento libertario y justiciero, no sólo por la independencia y la libertad, sino también para acabar con la esclavitud y los tributos, con una sociedad dividida en castas en la que unos cuantos privilegiados concentraban el poder y la riqueza, mientras la enorme mayoría de la sociedad vivía en condiciones de pobreza y marginación. Fue una revolución para acabar con el hambre y la injusticia, que luchó por un gobierno y unas leyes que promovieran una sociedad más justa, libre e igualitaria.
El contenido social y libertario de la lucha insurgente se expresó desde los primeros decretos de Hidalgo de octubre de 1810 aboliendo la esclavitud y los tributos, así como la concentración de la tierra en pocas manos. Se proclamó que todos pudieran disfrutar de su trabajo y se acabara con la opresión; se luchó contra la explotación de las haciendas y por terminar con la esclavitud en el campo y en las minas. Ese movimiento popular mostró también su rechazo al sistema de justicia imperante en favor de los poderosos.
La primera fase de este proceso concluyó con la captura y la muerte de Hidalgo, Allende, Aldama y otros dirigentes. Pero la fuerza y la legitimidad de la revolución insurgente no terminaron con su muerte. La lucha de Hidalgo fue retomada por José María Morelos, quien gracias a su genio político y militar, extendió la revolución a los territorios del sur y convocó al Congreso de Anáhuac, donde presentó los Sentimientos de la Nación, documento fundamental que plasma la esencia del movimiento libertador. Morelos estableció en ese texto las bases de lo que debería ser la nueva Nación mexicana, a partir de la soberanía popular; la constitución de un gobierno liberal, así como el establecimiento de leyes que abatieran la pobreza y la desigualdad. El artículo 12 de ese texto fundacional no tiene desperdicio: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Lo mismo que el artículo 15: “Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales y sólo distinguirá a un americano de otro, el vicio y la virtud.”
La lucha insurgente tuvo una importante participación de las mujeres. Josefa Ortiz, Leona Vicario, Mariana Rodríguez, Carmen Camacho, Gertrudis Bocanegra y muchas más encarnaron los anhelos de justicia y libertad que animaban al pueblo y fueron fundamentales para el triunfo de la causa. Estas mujeres se encargaron de múltiples tareas: convencer a soldados realistas de pasarse con los insurgentes; pagar con su dinero y joyas la fabricación de rifles, cañones y balas; suministrar papel y tinta para los periódicos; enviar alimentos y ropa o ayudar a las familias de los insurgentes muertos o encarcelados. Algunas de estas valientes mujeres fueron capturadas, sentenciadas y condenadas al encierro; varias de ellas perdieron la vida.
La segunda etapa terminó con el fusilamiento de Morelos. En esa fase, el movimiento alcanzó la madurez ideológica y política para formular el proyecto de una Nación libre, independiente y soberana, con una sociedad más igualitaria y un gobierno al servicio del pueblo. Esos principios no pudieron ser derrotados.
La tercera etapa insurgente fue de resistencia. Derrotados los ejércitos de Hidalgo y Morelos, y muertos sus principales dirigentes, la causa libertaria se mantuvo como guerra de guerrillas. Esta resistencia estuvo encabezada por Vicente Guerrero en el sur. Ante la imposibilidad de vencer esa resistencia, y después de 11 años de guerra civil, se presentó una coyuntura favorable para ponerle fin mediante la alianza entre el jefe realista, Agustín de Iturbide, y el jefe insurgente, Vicente Guerrero, quienes decidieron consumar la independencia por medio de un pacto político que se plasmó en el Plan de Iguala, con el que se identificaron prácticamente todos los grupos sociales y todas las regiones.
Con el Plan de Iguala, firmado por la mayor parte de las autoridades civiles y militares novohispanas, y la entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México, se consumó la independencia y surgió la Nación mexicana libre y soberana, con nuevas instituciones y leyes que concretaron las principales demandas del movimiento insurgente: la abolición de la esclavitud y los tributos, la soberanía popular, la libertad y la igualdad de todos ante la ley, demandas que quedaron plasmadas en la Constitución Política de 1824, en la que se estableció que México sería una República federal. Así concluyó nuestra independencia, la primera revolución popular de la que nació nuestra Patria.
* Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México
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Fonte: La Jornada

