Por Luis ÁngelesLa Jornada

Saber más, creer menos

on dos autores más, Daron Acemoglu, del MIT y Premio Nobel de Economía 2024, publicó un modelo que vincula la automatización y el colapso democrático con la conclusión de que la mayor tecnología concentra más ingreso en el factor capital, amplía la desigualdad con los trabajadores y eleva la probabilidad de una revuelta, ante la cual el Estado prefiere la represión sobre la redistribución, con lo que se configura el retroceso democrático.

Formulan una poderosa contradicción contemporánea: cuanta más tecnología tenemos para informarnos, participar y vigilar al poder, más herramientas existen para polarizarnos, vigilarnos y debilitar la democracia. La paradoja del modelo muestra cómo la tecnología, que prometía democratizar la información, termina por deteriorar la democracia. Internet y las redes sociales parecían resolver problemas democráticos: cualquier ciudadano podía publicar, denunciar abusos, contrastar información, organizarse políticamente y comunicarse directamente con sus gobernantes, con lo que el costo de participar en el debate público se reducía. No obstante, aparecieron los efectos contrarios: a más información e IA, mayor dificultad para confirmar la verdad. Más comunicación, más polarización, mayor participación, más manipulación. Más libertad de expresión, mayor fragmentación de la realidad. Más transparencia, más vigilancia. Las mismas tecnologías que permiten fiscalizar al gobierno y a las empresas permiten conocer más sobre los ciudadanos.

Una democracia puede sobrevivir al desacuerdo, de hecho de ello se retroalimenta. Lo que difícilmente puede soportar es que desaparezca la confianza. Si la población piensa que las elecciones siempre están manipuladas, que todos los medios mienten, que las instituciones carecen de legitimidad y que cualquier fotografía, audio o video puede ser falso, aparece la situación extrema de no creer en nada. Cuando el ciudadano no sabe qué información es verdadera, quién produjo un mensaje o si una imagen es auténtica, aumenta la incertidumbre. Pero la tecnología no determina por sí sola el destino político. Las democracias también pueden utilizarla para la transparencia, servicios públicos, participación social, fiscalización del gasto, educación y acceso a información. Las paradojas podrían formularse de manera más precisa: la tecnología reduce el costo de participar en la democracia, pero también disminuye el costo de atacarla. Nunca habíamos tenido tanta información para decidir libremente y nunca había sido tan fácil manipularnos.

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Fonte: La Jornada

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