Pablo Martínez*: PISA y el problema que no cabe en un ranking
Por Pablo Martínez* — La Jornada
ada vez que aparecen los resultados de PISA, ocurre algo parecido: durante algunos días regresan los titulares sobre la crisis educativa, las comparaciones internacionales y las preguntas sobre por qué México no logra mejorar; después la conversación pierde intensidad y la educación vuelve a esperar hasta la siguiente evaluación. En medio quedan las explicaciones rápidas y la búsqueda de responsables entre estudiantes, docentes, familias, planes de estudio o gobiernos, como si un problema construido durante años pudiera explicarse mirando solamente una tabla.
PISA puede decirnos mucho, pero no puede decirnos todo; no es una calificación de estudiantes, maestros o escuelas, ni una evaluación completa de lo que sucede en las aulas; nos permite conocer qué pueden hacer jóvenes escolarizados de 15 años con determinados conocimientos y comparar tendencias, contextos y desigualdades entre países. Quizá por eso deberíamos utilizar sus resultados menos para repartir culpas y más para hacernos mejores preguntas sobre nuestra educación.
También habría que detenernos en nuestra prisa por encontrar responsables; las y los jóvenes evaluados en 2025 no comenzaron su educación ese año ni durante el gobierno en turno; detrás de cada uno existe una trayectoria escolar de más de una década atravesada por distintos planes de estudio, reformas, gobiernos y, en el caso de esta generación, por una pandemia que alteró profundamente su experiencia educativa. Culpar a una sola reforma o administración puede resultar conveniente para la discusión política, pero explica muy poco de lo que realmente ocurre en las escuelas.
Pienso que la conversación más necesaria es sobre la desigualdad, porque no basta con preguntarnos cuántos jóvenes lograron llegar a la escuela, también necesitamos saber en qué condiciones estudian una vez que están dentro. Ampliar la cobertura educativa ha sido un avance importante, pero abrir la puerta de una escuela no significa que todos puedan recorrerla de la misma manera; algunos estudiantes cuentan con libros, conectividad, espacios para estudiar y acompañamiento, mientras otros cargan con carencias que comenzaron mucho antes de entrar al salón de clases.
Por eso también resulta demasiado sencillo responsabilizar a las y los maestros, sobre todo cuando muchos estudiantes mexicanos reconocen que sus profesores se interesan por su aprendizaje, continúan explicando cuando algo no se comprende y ofrecen ayuda cuando hace falta. Si tenemos docentes intentando enseñar y estudiantes que todavía valoran la escuela, vale la pena mirar con mayor atención las condiciones en las que unos enseñan y otros intentan aprender.
Una de ellas es el currículo; durante mucho tiempo hemos confundido avanzar con cubrir contenidos, como si aprender consistiera en recorrer una lista de temas antes de que termine el ciclo escolar, cuando comprender un texto, resolver un problema matemático o explicar un fenómeno científico necesita tiempo para relacionar conocimientos, probar soluciones, equivocarse, volver a intentar y pensar. Un currículo saturado puede dejarnos una paradoja bastante conocida en las aulas: muchos temas vistos y pocos aprendizajes realmente comprendidos.
Reconocer los límites de PISA tampoco significa renunciar a evaluar; al contrario, México necesita evaluar más y mejor, construir diagnósticos propios y conocer qué sucede en escuelas y territorios con condiciones muy distintas. El problema no es la evaluación, sino imaginar que una sola prueba puede explicarnos toda la educación y terminar esperando una fotografía internacional cada cierto tiempo para reconocer problemas que deberíamos estar observando de manera permanente.
A esta discusión se suma ahora la inteligencia artificial, que ya entró a las escuelas, aunque pocas veces lo haya hecho como parte de una estrategia educativa; llegó a los teléfonos y computadoras de los estudiantes, en las tareas, las búsquedas de información y los textos generados en segundos, mientras muchas escuelas todavía enfrentan problemas básicos de conectividad e infraestructura. Una vez más, la tecnología parece avanzar más rápido que nuestra capacidad para preguntarnos qué queremos hacer pedagógicamente con ella.
Más tecnología no significa necesariamente más aprendizaje; tener dispositivos, plataformas o inteligencia artificial disponible sirve de poco si no sabemos para qué utilizarlos, cómo cuestionar sus respuestas y cuándo es mejor prescindir de ellos. La tecnología puede ampliar posibilidades cuando existe acompañamiento y pensamiento crítico, pero también puede convertirse en una manera más rápida de resolver una tarea sin necesariamente aprender de ella.
Por eso resulta extraño exigir mejores resultados mientras la formación docente permanece muchas veces en segundo plano; ninguna reforma llega sola al aula, ningún libro transforma por sí mismo una práctica y ninguna inteligencia artificial sustituye la capacidad pedagógica de quien acompaña un proceso de aprendizaje. Fortalecer la formación inicial y continua de docentes y directivos debería ser una tarea permanente y no una reacción de emergencia cada vez que aparece una reforma, una tecnología o una evaluación con resultados incómodos.
PISA debería preocuparnos, pero no solamente porque México aparezca debajo de ciertos promedios internacionales: debería preocuparnos porque después de décadas de reformas y expansión educativa, todavía no logramos que las oportunidades para aprender sean menos dependientes del lugar donde se nace y de las condiciones materiales que acompañan a cada estudiante.
Dentro de algunos años volverán los resultados y seguramente volveremos a discutir quién tuvo la culpa; sería mejor llegar a ese momento con una pregunta distinta: no qué lugar ocupa México en una tabla, sino qué hicimos durante esos años para que estar dentro de una escuela signifique realmente tener la oportunidad de aprender.
* Maestro
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Fonte: La Jornada

