Ángeles González Gamio: Historia de una campana
Por Ángeles González Gamio — La Jornada
asado mañana a las 11 de la noche, en el balcón principal de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum va a dar el Grito. Es una ceremonia que siempre causa emoción, particularmente ahora, que la preside una mujer. La culminación del evento es cuando simultáneamente tañe la Campana de Dolores y enarbola la bandera de México entre los !vivas! entusiastas que corea la multitud que abarrota el Zócalo. Después, el Himno Nacional que todos cantan con entusiasmo y el espectáculo de los fuegos artificiales.
El célebre esquilón tiene su historia que alguna vez platicamos y hoy vamos a recordar. Anteriormente ya había en ese mismo lugar una conocida como Campana del Reloj de Palacio, que en su parte baja, entre una doble orla, tenía la fecha de 1530.
Fue fundida en España y colocada en la torre de una capilla, donde, cuenta la leyenda “tuvo la osadía de tocar sola”, por lo que las autoridades le formaron proceso ordenando “que se diera por nulo y de ningún valor el repique de dicha campana, que se le arrancase el badajo y que fuese desterrada”, sentencia que fue cumplida y que condujo a la atrevida deslenguada hacia la Nueva España, a donde arribó en 1650.
Recién concluida una de las múltiples remodelaciones que ha tenido el ahora Palacio Nacional, el virrey Gaspar de la Cerda, conde de Galve, ordenó que fuese colocada en la parte central del citado edificio. Ahí se conservó, sin badajo, hasta 1867, cuando fue removida y se fundió por órdenes de Benito Juárez.
En los inicios de 1896, el periodista Gabriel Villanueva y el señor Guillermo Valleto hicieron las gestiones para que la campana que había tañido el cura Hidalgo la madrugada del 16 de septiembre de 1810, que se conservaba en el pueblo de Dolores, fuese trasladada a la Ciudad de México con todos los honores. Previamente habían identificado plenamente el esquilón San Joseph, fundido el 28 de julio de 1768, con 1.77 metros de alto, 1.05 de diámetro en la boca y 0.09 de espesor.
A su llegada a la capital permaneció depositada en el Museo de la Artillería hasta el 14 de septiembre, fecha en que fue conducida sobre un carro alegórico, custodiada por una columna militar, para ser colocada sobre el balcón central del Palacio Nacional. En solemne ceremonia la recibió el presidente Porfirio Díaz, mientras soltaban al vuelo decenas de palomas blancas y varias bandas de música tocaban alegres piezas; entre otras, una marcha titulada “La campana de la Independencia”, escrita especialmente para la ocasión por el excelente compositor Ernesto Elorduy.
Al día siguiente, el presidente hizo sonar por vez primera en el Zócalo capitalino la misma campana que congregó en Dolores a las huestes iniciadoras de nuestra Independencia.
El acto fue motivo de una serie de propuestas; entre otras, la de los ingenieros Carlos Pacheco y Adolfo Obregón, quienes presentaron un proyecto para construir una columna frente al recinto presidencial, coronada con el histórico esquilón. Todas se desecharon y quedó en su sitio hasta 1926, cuando se inició la edificación de un tercer piso del Palacio Nacional, bajo la dirección del arquitecto Augusto Petriccioli. Durante el tiempo que duró la construcción, la campana fue guardada en el cercano Museo Nacional, para volver después al lugar donde se conserva hasta nuestro días.
Por cierto, se ha comentado que dicha ceremonia se lleva a cabo la noche del 15 porque ese día era cumpleaños de Porfirio Díaz. La realidad es que desde décadas atrás, el inicio de la Independencia se festejaba por toda la ciudad a partir del día 15, con ceremonias en las plazas públicas, la gente adornaba sus casas, se leía poesía, había teatro y verbenas populares.
En la Alameda se colocaba un estrado abierto al público; esta tribuna solía ser muy socorrida y muchos aprovechaban para expresar críticas y agravios. La arenga que llamamos el Grito, seguida por el tañer de la campana, se dice que se dio por vez primera en 1910, durante los festejos del centenario de la Independencia.
Si se anima a asistir hay que llegar temprano para disfrutar de todos los entretenimientos previos y aprovechar para saborear la variedad más amplia de antojitos callejeros: sopes, tlacoyos, esquites, elotes, tacos de canasta, pambazos, tamales, flautas, quesadillas, tostadas y mucho más.
De “bajativo” –como dice mi amigo salvadoreño– no falta una horchata, agua de jamaica, tejate o un ponche si la noche enfría. Esencial para terminar con algo dulce, unos buñuelos crujientes con su miel de piloncillo. !Viva México!
Publicidad |
Aviso legal |
Aviso de privacidad. |
Código de Ética |
Periódicos:
La Jornada Maya |
La Jornada Morelos |
La Jornada Estado de México |
La Jornada Hidalgo
La Jornada de Oriente |
La Jornada San Luis |
La Jornada Veracruz |
La Jornada Zacatecas
Medios asociados:
The Independent |
Radio Nederland |
Gara |
Página/12 |
Carta Maior |
Radio Bilingüe
Copyright © 1996-2025 DEMOS, Desarrollo de Medios, S.A. de C.V.
Todos los Derechos Reservados.
Derechos de Autor 04-2005-011817321500-203.
Fonte: La Jornada

