En la ciudad prohibida soviética de Potsdam
Por Ramon Aymerich Piqué — Portada

Redactor jefe de Internacional
En la ciudad prohibida soviética de Potsdam
UNA NOCHE EN LA TIERRA
13/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
La victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt ha evidenciado el peso del legado de la antigua RDA entre los ciudadanos de la Alemania Oriental, su conversión en alemanes de segunda clase y la fuerza de esa nostalgia a la hora de captar votos.

Durante más de cuarenta años, más de medio millón de soldados soviéticos, muchos de ellos acompañados de sus familias, vivieron en bases militares de la República Democrática Alemana (RDA), la Alemania Oriental gobernada en ese período (1949-1990) por un régimen comunista aliado de Moscú. Aquel ejército de ocupación, desplegado en primera línea del frente entre la Unión Soviética y el mundo occidental durante la Guerra Fría, era en realidad una sociedad paralela a la alemana.
Lo soldados soviéticos estaban repartidos entre más de un millar de instalaciones militares, algunas en la frontera con la Alemania Occidental. Había bases soviéticas en Dresde, en Magdeburgo, en Wünsdorf, en el sur de Berlín, o en Potsdam. Estas últimas alojaban grandes centros de mando y estaciones del KGB y eran ciudades aisladas del exterior, con viviendas, escuelas, hospitales, cines, comercios o instalaciones deportivas. Su acceso estaba vetado a los alemanes, que las conocían como la ciudad prohibida, Verbotene Stadt .
La abrumadora victoria de la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones de Sajonia-Anhalt, uno de los cinco länder que integraban la RDA, ha puesto en evidencia las diferencias en la sensibilidad política que separan la Alemania Oriental de los länder occidentales.
El rechazo a la inmigración es el principal gancho electoral de la AfD, como también la reducción de impuestos o el temor a la inflación. Y donde más cala ese lenguaje es en la Alemania oriental, imbuida de nostalgia hacia la RDA. Los ossies , como se conoce a los germano-orientales, idealizan ese pasado de orden y seguridad después de que las promesas de prosperidad de la reunificación (acordada en octubre de 1990) se vieran incumplidas y les haya convertido en ciudadanos de segunda, víctimas de la desindustrialización y del éxodo de los más jóvenes.
Esa nostalgia se traduce políticamente en una abierta simpatía hacia Rusia. Más de la mitad de la población de la Alemania oriental está contra del rearme, crítica a la OTAN y rechaza ayudar a Ucrania. Justo cuando el canciller Friedrich Merz está en un punto de máxima confrontación con Rusia, los votantes de la AfD creen que deben cesar las sanciones contra el país eslavo, que hay que volver a comprarle gas y que se deben mejorar las relaciones comerciales entre los dos países.

La AfD, con dirigentes que tienen vínculos con la inteligencia rusa y que asisten a las fiestas de aniversario de Vladimir Putin en la embajada en Berlín, pide incluso que la lengua rusa -que fue obligatoria en la RDA- vuelva a las escuelas, pese a que hoy una fracción mínima de germano-orientales recuerde cómo leer en cirílico.
La RDA fue un régimen represivo, pero hoy hay alemanes que añoran su seguridad y orden
Muchos de los que añoran los buenos viejos tiempos tenían 20 ó 30 años cuando vieron desaparecer a las tropas soviéticas. Apenas tenían trato con ellos y desconocían cómo era su vida. Pero sintieron un gran vacío cuando se fueron y dejaron kilómetros de instalaciones desiertas.
En los meses que siguieron a la reunificación, en el invierno de 1990, los dirigentes alemanes negociaron con Moscú el precio de la retirada. El gobierno de Helmut Kohl pagó 12.000 millones de marcos alemanes y créditos sin intereses para que los soviéticos se marcharan.
Susanne Müller era entonces una fotógrafa que retrataba los vertiginosos cambios del Berlín de aquellos años. Las grandes movilizaciones en demanda de democracia; las amenazas de Eric Honecker, último jefe de estado de la RDA, de sacar los tanques a la calle, las advertencias de Mijail Gorbachev durante su visita a Berlín, aconsejándole al alemán que aceptara la muerte del régimen… Y, finalmente, vencida la moral del sistema, la “caída” del Muro que separaba las dos ciudades, la capitalista y la socialista.

Pero Müller se lamentaba también por la celeridad en la desaparición del muro, del que pronto no iban a quedar trazas de su existencia, por la falta de interés de los ciudadanos hacia el mundo que dejaban atrás. En 1990 recibió el encargo del Museo de Potsdam de retratar cómo era la vida en la ciudad prohibida antes de su desaparición. Trabajó en ello entre 1991 y 1994, el tiempo que duró ese traslado. “La retirada habría tardado todavía unos años más -explica- si no hubiera sido porque al final Alemania se cansó de esperar y acabó por construir directamente las viviendas en las que alojar a los rusos”.
Müller fue la primera alemana que cruzó las puertas de aquel universo hermético. Lo que encontró fue un país extranjero justo al lado de casa, un ejército vencido. Las normas de acceso también se habían relajado. “Me trataron bien porque era una mujer y porque eran muy jerárquicos. Una vez los oficiales asumieron que tenía que hacer las fotos todo fue rodado”, dice.
El trabajo de Müller quedó recogido en una publicación, Adiós, Alemania: impresiones fotográficas sobre la vida y la retirada del ejército ruso , escrita en alemán y cirílico. En ella aparecen soldados y familias a la espera del cambio de destino. Hay rusos, kazajos, kirguises, niños vestidos con la pistola al cinto para la fiesta de Navidad… No saben qué les espera. Pronto irán a una vida más dura en los turbulentos años 90 rusos, con una economía en terapia de choque. “Se llevaron todo lo que pudieron, no dejaron nada. Le dieron a cada oficial un contenedor para llenarlo -cuenta Müller. “Después regresaron para llenar más contenedores. Se llevaron coches desmontados a piezas para revenderlos. Todo”.
Susanne Müller fotografió a los soldados rusos y a sus familias antes de su retirada en los años 90
En 1997, en un encuentro organizado por la Academia Europea de Berlín, Müller mantuvo una conversación con La Vanguardia en una taberna con las paredes llenas de propaganda comunista de los años 30. La fotógrafa se mostraba ya entonces inquieta por lo que veía a su alrededor y las dificultades por las que atravesaba la gente que conocía. “La economía de mercado ha resultado ser mucho peor que los capitalistas malvados que nos habían contado en las aulas de la RDA. Hoy la pregunta que la gente se hace es ¿cómo debo venderme?”.
La RDA fue un régimen represivo, con una de las policías políticas más temidas, la Stasi. Había agentes en las fábricas, en la escuela, en todos los edificios. Sabían qué decías, qué comías, con quién te acostabas… Y a pesar de que muchos alemanes fueron víctimas de la delación de vecinos y amigos, lo que más se recuerda hoy de aquellos años es la sensación de seguridad y orden. La nostalgia es un arma misteriosa capaz de cambiar la historia.

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