¿Estamos de nuevo en la antesala de la I Guerra Mundial?
Por Shlomo Ben Ami — Portada

Shlomo Ben Ami
Exministro de Exteriores de Israel
¿Estamos de nuevo en la antesala de la I Guerra Mundial?
TRIBUNA
13/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Reconozco mi afición por recurrir a las analogías históricas para describir las percepciones (acertadas y también erróneas) de los gobiernos acerca de las rivalidades cambiantes entre las grandes potencias. Un ejemplo pertinente es la posible analogía entre la competencia naval de Gran Bretaña y Alemania en vísperas de la Primera Guerra Mundial y la actual lucha de Estados Unidos y China por el dominio de los mares.
En 1907, Eyre Crowe, un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, remitió a sus superiores lo que se conoció como el Memorándum Crowe, una advertencia de que el expansionismo alemán (en particular, su creciente capacidad naval) suponía una amenaza existencial para el Imperio británico y el dominio marítimo de Gran Bretaña. Se trató de la razón más convincente para que ese país declarara la guerra a Alemania en 1914.
El Memorándum Crowe resurgió en los debates entre pensadores estratégicos como Henry Kissinger (quien le dedicó un capítulo en su libro China ) y Graham Allison, el artífice del concepto de “trampa de Tucídides”, según el cual la competencia entre una potencia naciente (China, en este caso) y una potencia establecida (Estados Unidos) tiende a desembocar en una guerra. Lo llamativo es que tanto académicos como políticos chinos han mostrado interés por ese tipo de analogías. No hace mucho, el presidente Xi Jinping aseguró a un grupo de académicos estadounidenses (entre los que se encontraba el economista Nouriel Roubini) que estaba decidido a evitar una repetición de la “trampa de Tucídides”.
De modo que las analogías de Crowe y Tucídides siguen siendo fundamentales para comprender las perspectivas chinas. En un artículo titulado “ Prejudice, Distrust and Sea Power: Discussing the Reversal and Influence of Pre-WWI Anglo-German Relations ” (“Prejuicios, desconfianza y poder naval: análisis de la alteración y la repercusión de las relaciones anglo-germanas previas a la primera guerra mundial”), Gu Quan, investigador de la Universidad de Pekín, ofreció hace unos años un análisis chino sobre la rivalidad anglo-germana prebélica y, en particular, sobre el papel que desempeñó el refuerzo de la Gran Flota alemana a la hora de desencadenar el catastrófico derramamiento de sangre de la Primera Guerra Mundial. Gu señaló sin ambages que esas lecciones históricas podrían muy bien ser aplicables a las relaciones contemporáneas entre Estados Unidos y China.

Los dos países se encuentran hoy enzarzados en una pugna global por la influencia, el dominio naval y el control de unas rutas marítimas vitales. Quien controle (o pueda bloquear) esas rutas dispondrá de una considerable influencia sobre el comercio mundial y los flujos energéticos. Dichas vías marítimas estratégicas suelen estar situadas en zonas sometidas a tensiones geopolíticas, lo cual las hace vitales y vulnerables al mismo tiempo. No son simples rutas comerciales, sino palancas geopolíticas donde se entrelazan comercio, seguridad y proyección de poder.
Espoleado por el hecho de que el sector naval chino supera con creces la capacidad de los astilleros estadounidenses, Donald Trump es probablemente el presidente más comprometido con la expansión de la presencia marítima comercial estadounidense en todo el mundo; ello incluye el fomento de la construcción naval nacional, el debilitamiento de la red global de puertos de China y la colocación de un mayor número de terminales estratégicas bajo control de Estados Unidos. Se trata del esfuerzo más ambicioso por ampliar la influencia marítima de ese país desde la época de Nixon y tiene por objeto hacer frente a los crecientes temores de que Estados Unidos se encuentre en desventaja en caso de conflicto. Además de Panamá, a Estados Unidos le preocupan las infraestructuras marítimas chinas en lugares como Gwadar (Pakistán), Colombo (Sri Lanka) y el puerto del Pireo (Grecia), un punto neurálgico en la ruta comercial que une Europa, Asia y África. El pasado mes de marzo, la Comisión Marítima de Estados Unidos emprendió una revisión de siete puntos marítimos estratégicos (entre ellos, el estrecho de Gibraltar) con la que espera limitar las concesiones a las oportunidades comerciales chinas.
Si bien China supera a Estados Unidos en capacidad marítima comercial, Estados Unidos sobrepasa ampliamente a China en poderío naval. Eso permite a Washington proteger el comercio marítimo y disuadir posibles bloqueos por parte de potencias rivales, como está haciendo ahora su armada en el estrecho de Ormuz. Estados Unidos no habrá evitado las repercusiones económicas globales del intento de Irán de controlar Ormuz, pero su bloqueo del tráfico petrolero iraní está logrando poner de rodillas a la República Islámica.
El dominio del mar estuvo detrás de la declaración de guerra global en 1914
Ormuz reviste una importancia secundaria para China en comparación con el estrecho de Malaca, que conecta el océano Índico con el mar de China Meridional y es la ruta marítima más transitada del mundo, de la que el país depende para el 80% de sus importaciones de petróleo. Ese hecho ilustra la vulnerabilidad de China en su pugna por imponerse a Estados Unidos. Ya en 2003, el expresidente chino Hu Jintao admitió que lo que denominó el “dilema de Malaca” (el posible estrangulamiento de la economía china) debía impulsar la transformación de China en una potencia militar mundial y los esfuerzos por diversificar sus rutas marítimas con objeto de reducir la exposición al poder naval estadounidense en el Indo-Pacífico.
A China también le preocupa la denominada “cadena de islas”, una red de aliados estadounidenses (entre los que se incluyen Japón, Taiwán, Filipinas e Indonesia) creada para limitar la libertad de navegación de China. Los estrategas navales estadounidenses consideran ese arco insular como una línea de contención: un conjunto de territorios aliados capaces de restringir el acceso chino a los océanos Pacífico e Índico. Para China, resulta esencial romper esa “cadena” si quiere alcanzar la categoría de flota de alta mar, es decir, la capacidad de operar a escala mundial y no solo regional.
China es hoy un gigante inseguro, cercado por alianzas militares de Estados Unidos y por la supremacía marítima de la armada de ese país. Su modelo económico se basa en el comercio marítimo: importaciones de petróleo del Golfo y materias primas de África, así como exportaciones a los mercados mundiales. El caso es que casi todos esos flujos pasan por puntos estratégicos controlados por Estados Unidos.
Consciente de semejante debilidad, el país ha puesto en marcha inversiones masivas e iniciativas militares para asegurarse rutas alternativas. Se ha visto obligado a desarrollar oleoductos terrestres a través de Myanmar y Pakistán (los Corredores Económicos China-Myanmar y China-Pakistán), poner en marcha la estrategia Cadena de Perlas (una red de puertos y bases en el océano Índico: Gwadar, Hambantota, Yibuti) y adoptar en el Ártico una estrategia enérgica y centrada esencialmente en la apertura de nuevas rutas marítimas como parte de la Ruta de la Seda Polar. Se considera que esto último fue el detonante de la agresiva iniciativa de Trump para hacerse con el territorio semiautónomo danés de Groenlandia, dada su proximidad al Ártico y a las principales rutas de navegación.
China y EE.UU. pugnan por la supremacía naval y el control de rutas marítimas vitales
China también ha llevado a cabo una modernización naval a una escala sin precedentes, con más de 350 nuevos buques de guerra, entre los que se incluyen submarinos avanzados y portaaviones.
En esencia, Pekín está pasando de ser una potencia continental a ser un actor oceánico global.
La geopolítica de los corredores marítimos estratégicos ocupa un lugar central en la rivalidad entre las grandes potencias del siglo XXI. El control de vías navegables estrechas como las existentes en Malaca, Ormuz o Bab el Mandeb no es solo una cuestión de rutas comerciales, es una cuestión de poder, influencia y supervivencia en el sistema global. Lo que tenemos hoy entre China y Estados Unidos es una rivalidad con un alcance global inédito en la historia; y abarca, sin duda, muchas más esferas de competencia que las que existieron entre Estados Unido y la Unión Soviética, un enano económico en comparación con China.
Ahora bien, durante la Guerra Fría, unos estadistas sensatos optaron por el control armamentístico y la distensión para evitar un apocalipsis mundial. Hoy, Donald Trump se niega a prorrogar el acuerdo SALT firmado con Rusia relativo al control de armas nucleares, y Xi Jinping está impulsando un aumento sin precedentes del arsenal nuclear chino; en lugar de distensión y normas de conducta entre las grandes potencias, lo que tenemos es un incesante acoso mutuo. Al final, acaba uno añorando la Guerra Fría.

Shlomo Ben Ami
Exministro de Exteriores de Israel
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