Viaje al fondo del impostor
Por Javier Melero — Portada
Viaje al fondo del impostor
NO FICCIÓN
Patrick Radden Keefe dibuja un retrato del Londres de los oligarcas y el dinero opaco a partir de la repentina muerte del joven Zac Brettler frente a la sede del MI6

Patrick Radden Keefe
Ana Jiménez

12/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Hay una clase de literatura de viajes –pienso en Paul Theroux– en la que el destino importa poco. Lo que seduce al lector no es la singularidad del paisaje, sino el oficio del viajero, la mirada sobre la condición humana y su capacidad para convertir cualquier banalidad en un descubrimiento antropológico. El hijo del oligarca / El fill de l’oligarca , de Patrick Radden Keefe, funciona de manera parecida, con la particularidad de que el destino al que nos conduce termina siendo, más o menos, el mismo del que partimos. No es un reproche. Es, en cierto modo, una de las virtudes de un libro de este género.
El punto de partida es, en apariencia, bastante sencillo. Zac Brettler, un joven londinense de diecinueve años, muere después de precipitarse desde el balcón de un apartamento de lujo situado frente a la sede del MI6. Las cámaras de seguridad registran la caída y la investigación policial concluye que se trata de un suicidio. En términos estrictamente judiciales, el misterio brilla por su ausencia. Lo que hace Keefe es convertir esa muerte en la puerta de entrada a una historia mucho más amplia: la de un joven que se inventó una vida y la del mundo de impostura en el que acabó cayendo.
⁄ Lo interesante es el protagonista: Zac lo tiene todo resuelto pero opta por inventarse una identidad llena de riesgos
El viaje conduce pronto al Londres de los oligarcas: la ciudad paralela construida sobre fortunas de origen opaco, propiedades imposibles y una fauna de abogados, banqueros e intermediarios para los que el dinero ruso parece haber sido durante años una especie de maná.
Pero el hallazgo más interesante del libro está en otra parte. Zac pertenecía a una familia acomodada, había estudiado en colegios exclusivos y vivía en uno de los mejores barrios de Londres. No era precisamente un muchacho al que la vida hubiese dejado de lado. Y, sin embargo, consideraba insuficiente la identidad que le había correspondido. Quería otra. Se inventó entonces una biografía y se hizo pasar por el hijo de un oligarca ruso, fabulación mediante la que empezó a moverse por círculos donde el dinero, la violencia y la impostura convivían con sorprendente naturalidad.
La mentira fue creciendo hasta convertirse en una segunda vida. Y aquí el libro adquiere una dimensión literaria que Keefe quizá no explota del todo. Zac pertenece a una estirpe antigua: es el primo desgraciado de Gatsby y el pariente joven de Tom Ripley. No quiere tanto enriquecerse como adquirir la identidad que imagina inseparable de cierta clase de dinero. Su problema no nace tanto de la codicia como de la imaginación. Quería esa opulencia, pero sobre todo tenía la convicción de que existe otra vida, mucho más intensa, esperando al otro lado de una ficción. Ripley entendió esto antes que nadie: a veces la identidad inventada resulta más favorecedora que la verdadera.
Keefe, a todo esto, demuestra ser un escritor muy hábil para ensanchar una historia particular hasta convertirla en un retrato social. Londres aparece en él como una ciudad donde el dinero sucio ha creado sus propios códigos, sus propios héroes y, en ocasiones, su propia moral.
Aquí es donde conviene leerle con algo de cautela. Keefe parece encontrar una explicación demasiado cómoda: el Londres del dinero ruso, la indiferencia de las instituciones, la policía que no supo mirar suficientemente lejos, una sociedad fascinada por la riqueza. Todo eso está en el libro y buena parte es difícil de discutir. Pero quizá no explique a Zac.
Al final, quizá el verdadero misterio no sea cómo cayó Zac Brettler desde aquel balcón. Ni siquiera cuánto de aquel Londres acabó contaminado por el dinero negro. El misterio es por qué alguien que ya tenía una vida privilegiada quiso convertirse en otra persona. Y ahí Keefe, quizá sin proponérselo, se acerca más a Gatsby y a Ripley que a cualquier investigación periodística. Porque Zac no quería ser rico. Quería ser el tipo de rico del que conviene no hacer demasiadas preguntas.
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