Se seca el pozo
Por Immaculada Monsó Fornell — Portada

Se seca el pozo 11/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
El impacto de los atentados del 11-S dejó secuelas graves a miles de personas expuestas a la nube tóxica que, durante días, siguió brotando de las ruinas humeantes: enfermedades respiratorias, trastornos mentales, múltiples tipos de cáncer… Se calcula que el número de personas que han muerto por este motivo ya supera la cifra de víctimas directas del atentado.

En el 2004, estuve dos meses de verano en Camden, un pueblo de Maine cercano a Portland. Mi anfitriona, que enseñaba en Columbia, vivía en Nueva York durante el curso. La mañana del 11-S del 2001, por razones obvias, no fue a la universidad. Cuando retomó la ruta habitual en bicicleta desde su apartamento de Tribeca, ya no pasaba por las inmediaciones del WTC (la zona estaba acordonada), pero sí por las calles próximas al perímetro de seguridad. Y aunque no era bombera ni estaba cerca del WTC la mañana fatídica, días después empezó con la llamada tos de la zona cero: le diagnosticaron una neumonitis que, con el tiempo, ha derivado en fibrosis.
El 11-S causó secuelas crónicas que aún arrastran miles de personas
En la correspondencia intermitente que hemos mantenido, su preocupación por la salud ha ocupado cada vez menos espacio. No porque haya mejorado, sino porque “¿cuándo se me acabará el dinero?” ha sido su pesadilla recurrente. Tuvo problemas con su aseguradora privada: al no haber protocolo para una catástrofe de esta magnitud, la tendencia de las compañías fue obstaculizar los pagos en la medida de lo posible. Ha abonado cifras inasumibles para cualquier persona con una economía saneada (la suya lo era). Hace dos años supe que se le había acabado el dinero. Y el patrimonio. Hace un mes, vendió la casa de Maine para sufragar créditos: no continuará el tratamiento.

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Imma Monsó
Aquí solo hemos de preocuparnos por la enfermedad. Allí, cada ciudadano vive con una doble espada de Damocles: la de la enfermedad (posible, probable y, finalmente, inevitable) y, si logras sobrevivir a ella, la de la indigencia. La atención médica con ánimo de lucro es un fracaso moral, que solo puede explicarse desde una ideología corrupta del sálvese quien pueda jamás cuestionada. Valoramos poco la suerte que tenemos en este aspecto vital. Pero así somos: si tenemos vista, somos incapaces de imaginar lo que significa carecer de ella. Si tenemos agua, solo la valoramos cuando se seca el pozo.
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