Joma: “Empecé con viñetas como Ivà y he acabado borrando dibujos con manguera”
Por Francesc Bombí Vilaseca — Portada
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Entrevista
El artista acaba de recibir los premios Junceda y Maria Rius por su trajectoria
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Joma, en la mesa de dibujo de su estudio en Gràcia con su premio Junceda
Xavi Jurio

Barcelona
20/10/2026 15:39 Actualizado 20/10/2026 16:55 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Es probable que el nombre de Josep Maria Rius (Barcelona, 1954) no les diga casi nada, pero si en cambio hablamos de Joma, seguro que les viene a la cabeza alguna de los centenares de ilustraciones que ha publicado en este diario. Joma acaba de recibir dos de los principales premios a la trayectoria, el Junceda, de la Associació Professional d’Il·lustradors de Catalunya, y el Maria Rius, impulsado por la librería Laie.
En sus dibujos el texto manda y no manda…
El texto es palabra y, por lo tanto, se le presupone discurso. El dibujo no tiene palabra, pero tiene voz y la tenemos que hacer sentir. La voz tanto puede decir como puede gritar, como puede susurrar, como puede llorar, como puede cantar. El dibujo puede ser animado y, por lo tanto, puede bailar. La palabra no puede bailar. ¿Qué es la voz de un dibujo? Es poesía. El dibujante tiene que ser poeta.
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¿Cómo encontró su estilo?
Jaume Perich tenía una sección en el Correo Catalán en que presentaba a otros dibujantes y había uno, cuyo nombre no recuerdo, que incorporaba el texto como caligrafía. Yo no sé qué es el estilo, supongo que es una mirada y una forma de digerir las cosas. En mi caso, además, sin manierismos, porque me interesa contar una historia.
La Odisea de Homero quizá es la que más veces ha tratado…
Seguramente. He hecho cenas temáticas en el restaurante Semproniana, la serie para el Magazine –donde también dibujó la Ilíada–, un libro desplegable sobre Polifemo (El beverri, en ViBop)… En el 2023, el Festival Clàssics me encargó un espectáculo en la Biblioteca de Catalunya, con voz de Anna Maluquer, música de Montserrat Isanta y Marc Egea. Pero les convencí para hacer una previa en el Solsonès, donde vivo alternando con Barcelona. Allí, en un bosque, hay un caserón medio derribado, donde hicimos una instalación con once o doce grandes cuadros eróticos sobre el tiempo que Ulises pasa con Circe. Los cuadros todavía están allí, es una exposición permanente. Me gustaría reunir en el Museu de Solsona toda mi obra sobre la Odisea, como un único proyecto agrupado. Y aún tengo proyectos, como uno sobre la figura de Penélope, que sería montar una gran fiesta y destejer los manteles que pinté durante las cenas de la Semproniana.
La voz del dibujo
“El dibujo puede gritar, susurrar, llorar, cantar, bailar… El dibujante tiene que ser poeta”
¡Eso es destruir arte!
Yo ahora me dedico a deshacer. No hace mucho, en Solsona, hice una performance sobre las Metamorfosis de Ovidio. Dibujo unas grandes figuras, y en el momento en que se habla del famoso diluvio cojo una manguera y borro el dibujo. ¡Es de los momentos en que mejor me lo he pasado! Empecé dibujando viñetas como Ivà y he acabado borrando dibujos con manguera.
Ha sido muy innovador.
Todo lo que he hecho tiene dos factores. Por un lado está lo que sale de mí, obviamente, he hecho cosas innovadoras porque me he atrevido. Pero por otra parte, he tenido la suerte de estar en contextos que me han dejado hacer, como en el Diari de Barcelona, el Cresques de Cavall Fort, en La Galera me dejaron dibujar los cuentos populares a mi bola y para Combel hice una recopilación de los hermanos Grimm alucinante. Y ya no digamos en La Vanguardia, donde he pasado por muchas secciones y a partir del encargo he hecho lo que he querido y durante siete años tuve una columna semanal, Tinta cargada, que era un artículo de opinión gráfico. Publicar en diarios, además, me ha permitido una libertad de movimientos brutal; durante años tuve el proyecto Viatge incessant, que dibujaba una línea simbólica que unía muchas culturas mediterráneas a las que viajé, y desde cualquier lugar podía enviar mi trabajo, ya fuera el Cairo o Beirut, y eso casa con mi talante. Pero ahora estoy medio jubilado, me alterno los sábados con Perico Pastor en La Vanguardia y hago mis cosas.
Innovación
“He innovado porque me he atrevido, pero también he tenido la suerte de que me han dejado hacer”
En 1968, con 15 años ya publicó un dibujo en el Patufet…
Yo ya dibujaba chistes y les mandé unos cuantos por carta, y al cabo de unos días me llamaron y me publicaron uno.
Y se fue metiendo…
En esa segunda época el Patufet se había vuelto ramplón y lo modernizaron con gente joven como Perich, Ivà, Fer, Toni Batllori y yo mismo, y cuando tenía unos 17 años tuvieron la osadía de encargarme un cómic, El rei de la Cerdanya, que duró unos años.
También publicaba en Cavall Fort.
Sí, aunque primero Joaquim Carbó me rechazó porque tenía que trabajar más las ideas, pero al cabo de un tiempo empecé a publicar, como también en el Oriflama de Josep Maria Huertas, Tretzevents o Serra d’Or.
¿Qué referentes tenía, entonces?
Yo era muy seguidor de lo que fue Charlie Hebdo, con una gráfica muy gamberra y contracultural y comunista como muchos de mis compañeros, y también leía la revista Pilote, que era la casa de Astérix, pero también estaban Claire Bretécher o Reiser… Aquí estaban Ivà, Óscar, Cesc, Perich o Chumy Chúmez, y con todo eso me formé.
Se profesionalizó pronto.
Después del Patufet, que no duró mucho, pasé a Mata Ratos, donde también entramos muchos jóvenes, aunque yo era el benjamín: todavía hacía sexto de bachillerato y ya me ganaba la vida. Más tarde, mientras colaboraba en Barrabás, un semanario deportivo de humor que desembocó en el Papus, el diario Tele/eXpres me propuso hacer dibujos sobre el partido de Liga del Barça, y más adelante Manuel Campo Vidal me incorporó como dibujante a las páginas de Nacional, hasta que en la etapa de Miguel Ángel Bastenier empecé con el dibujo editorial.
Fue un momento de eclosión.
Había una gran efervescencia, también estaban Por favor, Muchas gracias, Hermano Lobo, el Rrollo enmascarado, Víbora, Cairo…
Y los problemas con la justicia eran habituales…
Cada dos por tres teníamos juicios, pero a mí no me pasó nada hasta que me denunciaron por injurias a la Virgen cuando estaba en la mili, pero tuve suerte y en 1978 me amnistiaron. Curiosamente, en el Tele/eXpres había hecho muchos dibujos sobre la amnistía, que ahora están en la Biblioteca de Catalunya.
Multimedia
¿En qué trabaja ahora? Libros de artista y vídeos.
Ahora me dedico a hacer libros de una sola tirada, que encuaderno yo mismo, piezas únicas, como uno con las historias eróticas de Las mil y una noches, u otro sobre la erótica de la muerte. Cumpliré 72 años, no tengo ganas de morderme la lengua y estoy enfadado rabia con muchas cosas, y hago vídeos con animaciones de un minuto, que vienen de la añoranza que tengo por el humor de puñetazo, que se ha perdido. Los cuelgo en Youtube y se los envío a mis amigos.
No está en el circuito de galerías…
No he entrado en parte porque ideológicamente yo era comunista y no hice Bellas Artes, sino artes y oficios, y estudié Periodismo porque entendía que lo mío era periodismo de otra manera. Sí que he hecho exposiciones, como también he hecho instalaciones, esculturas, y muchas otras cosas, pero me puede más el deseo de hacer que ser agente de mí mismo.
También ha publicado muchos libros.
De la prensa, en blanco y negro, me gustaba mucho la incisión social y política, pero me faltaban el color y la ternura. Yo estaba en la prensa satírico-anarcoide porque ganarme la vida dibujando era un sueño, sin embargo la poética que me salía era más lírica, y a los libros, muchos con texto e imagen míos, pude profundizar.
Era otro mundo.
Yo venía de la prensa, de la viñeta, más moderno, y aterricé en un mundo dominado por la estética de Lola Anglada, Maria Rius, Fina Rifà, en el que la primera Pilarín Bayés era de lo más rompedor. Tras cinco o seis títulos me empezaron a pedir ilustrar libros de otros, clásicos como el Tirant lo Blanc o libros de Pere Calders o Enric Larreula. Fue una posibilidad de profesionalización, así que alterné libros y prensa, como Coses del gegant més alt en el Diari de Barcelona.

Artista total
La pasión por la música
Por poco no acaba dedicándose a la música…
Mi padre era un gran melómano, que empezó en el Conservatorio pero la Guerra Civil lo mandó al frente. En el colegio, por ejemplo, si yo tenía que tocar la flauta él decidió que sí, pero que tocaría a la contralto, para que los tres hermanos no tocáramos lo mismo…
Se decidió por el dibujo…
Mis padres me propusieron escoger, como extraescolar, entre la música, como habían hecho mis hermanas, o el dibujo, porque yo ya dibujaba.
Optó por el arte.
Fue una elección, y a lo largo de la vida he preferido el dibujo, las artes plásticas, las esculturas, instalaciones… lo he ampliado mucho, pero la base ha sido siempre el dibujo.
Pero no abandonó la música.
Igual que hay músicos que pintan, como Miles Davis o Ron Wood, también hay dibujantes que hacemos música. Yo soy melómano por herencia, pero a diferencia de él, a mí me apasiona el jazz, y especialmente el saxo. Un san José, la que entonces era mi compañera, la madre de mis hijos, me regaló un saxo, y fui al Taller de Músicos, donde estudié tres años.
No se ha dedicado del todo, pero sí que le ha servido…
La música es aún más exigente que el dibujo, necesita mucho control técnico, y tenía la tensión de tener dos amantes simultáneas, pero arranqué con la música en un momento que profesionalmente estaba consolidado, cuando ya publicaba a La Vanguardia, por ejemplo, tras el cambio de diseño con Milton Glaser, en 1989, Rosa Mundet me propuso colaborar. Aproveché el momento de dulzura profesional para limitar el tiempo de dedicación a la mesa de dibujo, y a partir del mediodía me dedicaba a la música, y lo hice un tiempo, pero cuando fui a vivir a Solsona fui dejándolo y ahora solo toco para mí. De hecho, lo más valioso de esta casa es el equipo de música y el piano.
Pero ha hecho espectáculos con música…
He intentado casar dibujo y música, y he creado dos instrumentos para hacerlo. Por una parte, el pincel soprano, que es un saxo soprano con un pincel como prótesis, que he utilizado con el grupo Impro and Draw, y tengo pendiente de hacer un día un gran retrato de Duke Ellington tocando melodías suyas. Ahora que estoy semijubilado puedo pensar…
¿Y el otro instrumento?
Lo llamo luna sonora, y es un timbal grande, un goliat de batería, forrado de negro y con una cámara debajo. La membrana hace de mesa y de papel, donde dibujo y también borro, y además de la imagen que se proyecta suena la percusión, mientras la actriz Esther Acevedo recita y la guitarrista Silvia Nogales toca en un espectáculo sobre Cervantes.
Al final, la música le ha servido…
Porque entiendo a los músicos y la música. Tampoco es ningún invento mío, pero he hecho cosas con gente muy diversa, también con un cuarteto, con Xavi Losas o con la Barcelona Art Orquestra.

Francesc Bombí-Vilaseca
Redactor de Cultura. Autor de ‘Febre amb gel (Fonoll, 2023) y ‘Roger Mas. La pell i l’os’ (Satélite K, 2011). Licenciado en Periodismo (UAB) y en Filologia Catalana (UB)
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